El 13 de agosto comenzó en La Plata el juicio por los crímenes cometidos en el Centro Clandestino de Detención de la Brigada de Investigaciones de San Justo. El debate incluye imputaciones a 19 represores por 84 casos, 31 de los cuales corresponde a personas detenidas-desaparecidas. LAS AUDIENCIAS SON LOS MIÉRCOLES DESDE LAS 10 AM EN LOS TRIBUNALES FEDERALES DE LA PLATA, CALLE 8 Y 50. (Se extenderá hasta 2019).

jueves, 22 de noviembre de 2018

7 DE NOVIEMBRE: DÉCIMO PRIMERA AUDIENCIA

LA VOZ DE LAS HIJAS
Con los testimonios de las hijas de dos desaparecidos en noviembre de 1976 y el relato de un sobreviviente de “El Infierno” que supo de varios detenidos que venían de San Justo, continuó el debate por los crímenes cometidos en uno de los CCD más grandes del conurbano oeste.
Por HIJOS La Plata

La audiencia del 7 de noviembre giró en torno a los casos de dos militantes peronistas secuestrados en simultáneo en dos operativos llevados a cabo en la madrugada del 20 de noviembre de 1976. Son los casos de Ricardo Darío Chidichimo, por quien hay 9 represores imputados en el debate, y de Jorge Luis Congett que por inexplicables defecciones judiciales no forma parte del juicio pese a haber prueba que acredita su paso la Brigada de San Justo. En ambos casos el destino de los secuestrados fue San Justo y luego la Brigada de Investigaciones de Lanús, con asiento en Avellaneda. El testimonio de Nilda Eloy, de quien se cumple estos días un año de su fallecimiento, fue clave para determinar el ese recorrido y el derrotero de éstos y otros desaparecidos.


Iniciando la audiencia la hija de Ricardo, FLORENCIA CHIDICHIMO, relató el secuestro de su padre ocurrido en la noche del 19 al 20 de noviembre de 1976 en la casa familiar de Ramos Mejía, cuando ella tenía 8 meses. Relató que esa noche sus padres habían vuelto tarde de un casamiento y la habían dejado con la familia. Ya de madrugada los represores rompieron la puerta del domicilio e ingresaron violentamente. Entonces separaron a los golpes a su padre en una pieza mientras discutieron si se llevaban o no a su madre, Cristina del Río. Luego decidieron dejar a Cristina tapada con una frazada y se llevaron a Ricardo. Antes de irse robaron varias cosas y uno de los represores le dijo a su madre “Miráme, yo te salvé”. Cristina salió de la casa y fue corriendo hasta la casa de su hermana. Fue la última vez que vieron a Ricardo.
Luego Florencia contó sobre la militancia de sus padres, que se inició en tareas sociales con la iglesia tercermundista y continuó orgánicamente con Ricardo en la JUP en Ciencias Exactas de la UBA, donde estudiaba y se recibió de meteorólogo, y Cristina en la JTP de La Matanza, adonde la familia se mudó en el año ‘75. Florencia contó que por la actividad de su madre en el sindicalismo en La Matanza Ricardo conoció a Jorge Congett, trabajador y delegado municipal desaparecido. Al quedar embarazada Cristina la pareja hizo un acurdo de que ella abandonaba la militancia y Ricardo continuaba sus tareas. Así fue y de hecho Chidichimo estuvo entre los fundadores del Partido Auténtico en la zona oeste, junto a Congett, José Rizzo, Héctor Galeano y Gustavo Lafleur, como la rama política de Montoneros en la zona.
Tras el secuestro de Ricardo la familia se mudó a la casa de la abuela y nunca volvieron a Ramos Mejía. Precisamente la lucha por Ricardo la inició su madre, Nélida Fiordeliza, conocida como “Quita” entre sus compañeras de Madres de Plaza de Mayo. Entre la presentación de Habeas Corpus, la ayuda de organismos como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y la visita a regimientos y a algunos sectores de la jerarquía de la iglesia como el capellán Emilio Graselli, la familia se vinculó a la lucha y pudo reconstruir algunos datos. Florencia mostró la ficha que Graselli confeccionó por el caso de su padre, que forma parte del famoso fichero por el que se le imputa la complicidad con el terrorismo de Estado en la causa en la causa Nº 85 de los tribunales platenses por su presunta responsabilidad en delito de lesa humanidad en su rol de Secretario Privado del Vicario Castrense. “En la ficha coinciden las fechas y unos datos crípticos con la ficha de Congett”, señaló Florencia y pidió que se cite a Graselli a aclarar el punto.
Además la testigo describió la persecución que sufrió la abuela “Quita” con aquel grupo inicial de Madres: le pintaron “M.T.” con aerosol en la casa, en alusión al mote de “Madre Terrorista”, la llamaban por teléfono para amenazarla, a lo que les respondía con puteadas, y fue sobreviviente del operativo del 8 de diciembre del ’77 en la Iglesia de la Santa Cruz en el barrio porteño de retiro. Allí, donde solían reunirse los familiares, la Armada secuestró a las Madres Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, a la monja francesa Alice Domon, y los militantes Ángela Auad, Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo. “A mi abuela la tironearon pero no la pudieron subir al auto” dijo Florencia, y agregó la sorprendente anécdota de que en una ocasión el mismísimo represor Alfredo Astiz, del GT 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la Armada, la tuvo en brazos en la puerta de la iglesia, y le preguntó a su madre “¿Tu marido estaba en la joda?”. La interpelación le sonó mal a Cristina, que comenzó a sospechar de ese personaje que se hacía pasar como “Gustavo Niño” familiar de un desaparecido en Mar Del Plata. Según la testigo, su padre pudo mandar mensajes 2 veces desde el cautiverio: una vez un desconocido tocó el timbre de la casa de la abuela para decir que lo busquen porque “todavía está entero”, y otra vez le hicieron llegar un dato similar a la familia.
Florencia relató que más cerca en el tiempo pudo conocer a Raúl Cubas, periodista secuestrado en La Matanza y ex detenido de la ESMA, quien le contó que había sido responsable de su padre en Montoneros y que una vez Ricardo le había dado una mano cobrándole el sueldo que él no podía reclamar por cuestiones de seguridad. Otro que tenía información de su padre pero no aportó mucho fue Diego Guelar, ex abogado del PJ, exitoso banquero y oscuro funcionario de Cancillería que fue embajador en Brasil y EEUU en las gestiones de Carlos Menem y Eduardo Duhalde, y actualmente representa al país ante China como parte de Cambiemos.
Pero el testimonio que ayudó a echar luz sobre la incertidumbre del destino de Ricardo fue el de Nilda Eloy, a quien Florencia conoció cuando fue a buscar el legajo de la DIPPBA de su padre a la Comisión por la Memoria, donde trabajaba la ex detenida. Al escuchar su apellido Nilda se conmovió y le relató que había compartido cautiverio con su padre a fines del ’76 en el CCD “El Infierno” y que llegó allí con un grupo de detenidos que venía de San Justo. Nilda fue secuestrada el 1 de octubre de 1976 en La Plata y fue sobreviviente de 6 CCD entre ellos La Cacha, el Pozo de Quilmes, uno de los centros de Arana, el Vesubio, la Brigada de Lanús en Avellaneda y la Comisaría 3ra de Valentín Alsina. Llegó al “Infierno el 31 de octubre del ‘76 y estuvo allí 2 meses. En su testimonio en Juicio por la Verdad de septiembre del ‘99 dijo: “Allí también estuvo gente de SAIAR, de la fábrica SAIAR, que llegaron todos juntos. Bueno, llegaron por lo menos al lugar todos juntos. De SAIAR estaba Luis Jaramillo, que le decían “El Sapo”, Héctor Pérez, que era un muchacho jovencito. Ellos dos están desaparecidos todavía. (…) Después había un  Gustavo Lafleur, un señor de Chichidimo o Chiridimo o De Chichirimo (sic), algo así era el apellido, un apellido Italiano, que era meteorólogo. Después un hombre bastante mayor, Rizzo, José Rizzo, que estaba en muy malas condiciones (…) Había mucho movimiento y normalmente sacaban por ahí grupos de cuatro o cinco personas, y bueno, después nosotros sabíamos que era para matarlos”. Florencia testimonió en el Juicio por la Verdad de La Plata en diciembre 2011 y a pedido de Eloy. En la audiencia de este juicio Florencia dijo que Nilda le contó que en “El Infierno” su papá, para darle ánimo a los compañeros, miraba por la hendija de una ventana y daba el parte meteorológico: “Estaba con la cabeza afuera, y con esas cosas nos sacaba un poco de ahí”, afirmó Florencia que le dijo la ex detenida. La inmensa tarea militante de Nilda sigue dando frutos, y prueba una vez más que son los ex detenidos y los organismos de DDHH los únicos que ayudan a juntar las partes del rompecabezas que significó la represión del Terrorismo de Estado.
Al finalizar su testimonio Florencia, que se organizó como familiar con HIJOS La Matanza, reflexionó que “por cuestiones de seguridad en la militancia hubo mucha información compartimentada, pero la memoria no está enterrada y a veces cuando una la fuerza aparece. Yo celebro estar ahora acá. Yo viví el Punto Final, la Obediencia Debida y los Indultos. Y espero que no haya un nuevo indulto con el 2x1”. Pidió también que se desafecte el edificio de la Brigada de San Justo y se erija allí un museo de la memoria. Y finalmente leyó un poema que le escribió a su papá que dice: “Busco y no encuentro. Busco en el olor a café con leche recién hecho. Busco en la sonrisa de su hija que no es más que la suya. Busco en los rincones del recuerdo que resisten al olvido: Olvido feroz que acecha a este mundo, ciego y cansado. Busco verdades de otros porque las mías no las tengo”.
A continuación dio testimonio OSCAR SOLÍS, secuestrado junto a su hermano Alberto en su casa de La Tablada y que pasó una semana en el CCD “El Infierno” en diciembre de 1976. El testigo contó que en junio del ’76 había terminado el servicio militar en el Regimiento 3 de Tablada y se había dedicado a estudiar. La noche del 16 de diciembre del ’76 volvía de dar un examen en la Facultad de Agrarias de la Universidad de Lomas de Zamora, y como a las dos o tres de la mañana llegó a su casa un operativo comandado por un oficial rubio de ojos claros vestido de fajina militar verde. Se los llevaron a él y a su hermano tabicados en un viaje de 40 minutos hasta un edificio que luego supo que era la Brigada de Investigaciones de Lanús, con asiento en Avellaneda. Allí sufrieron torturas con picana eléctrica e interrogatorios. Según reconstruyó después antes había caído una chica de la Federación de Estudiantes Peronistas de Lomas, con una genda con su dirección. Tras la tortura fue recluido en las celdas de 2 x1 mts que había en el lugar, donde tenían que turnarse entre 8 personas para sentarse y respirar por la situación de hacinamiento. Allí pudo saber de varios detenidos como José Rizzo, delegado de la fábrica CEGELEC con quien pudo hablar y a quien vio con mucha pérdida de peso, Rubén Ramos, delegado de la fábrica de químicos ESEX de San Martín, y Luis Jaramillo, de la fábrica SAIAR de termotanques y calefones. También supo de Nilda Eloy, alojada en una celda contigua. El testigo refirió que en el periplo a él y su hermano curiosamente nunca les retiraron el DNI, por lo que los otros detenidos los alentaban diciéndole “Seguro salen. Avisen a la familia”. Y efectivamente luego de una semana los Solís y su hermano fueron liberados cerca de un arroyo en Villa Domínico. Su padre se encargó de contactarse con la familia de Rizzo y con los compañeros de Ramos en su lugar de trabajo. Su testimonio vuelve a convalidar la ruta de varios detenidos-desparecidos de este juicio desde la brigada de San Justo hacia el CCD de Avellaneda como destino final.
Luego fue el turno del testimonio de las hermanas PATRICIA CONGETT, la hija mayor del desaparecido Jorge Luis Congett, secuestrado el 20 de noviembre del ’76, un día antes de que Patricia cumpliera 18 años. La testigo comenzó definiendo la militancia de su padre, empleado de la Municipalidad de La Matanza, delegado gremial, militante montonero y del Partido Auténtico. Dijo que había comenzado a vincularse a tareas barriales desde el área de acción social del municipio y que pese a las condiciones posteriores al golpe de Estado había continuado militando. La noche del 19 de noviembre estaban en la casa familiar de Villa Luzuriaga, San Justo, su padre, su madre Ester Muiños y su hermana Claudia de 6 años. A las doce y media de la noche entró una patota de 12 personas a las que la testigo recordó como un grupo conjunto de policías y militares. La patota ubicó a su padre, que se había subido al techo, lo bajó y lo llevó a una piza del fondo a los golpes. Después se lo llevaron en el baúl de un auto. A Patricia le preguntaron “¿Vos sos secundaria?”, a lo que respondió que no aunque cursaba el 5to año en el Normal de San Justo, ubicado al lado de la Municipalidad y a la vuelta de la Brigada, y donde sabía que había un preceptor que era policía. Patricia mencionó que en el establecimiento hubo 8 desaparecidos de las promociones ‘69 a ‘76.
Iniciando la búsqueda de su padre con su mamá, Patricia recordó que una amiga del colegio tenía un cuñado policía, entonces decidieron ir a verlo. Era integrante de la Brigada, se llamaba Miguel Ángel Cristóbal y le confirmó el allanamiento con “área protegida” y las mandó a hablar con autoridades de la iglesia. Por ello la familia intuye que Jorge fue llevado a la Brigada de San Justo, distante a 25 cuadras de la casa familiar. Sumaron a ese dato el hecho anterior sufrido por la madrina de Claudia, Estela Gariboto, secuestrada en el año ’75 y liberada en 1981 y cuyo automóvil fue visto en la puerta de la dependencia. Para ilustrar la complicidad oficial con la represión la testigo contó que a los 3 días de su secuestro su padre fue cesanteado por “abandono de tareas” en la Municipalidad de La Matanza, intervenida por la gestión militar con el teniente Carlos Herrero y luego el comodoro Oscar Barcena. “No podemos hacer nada” les contestó el capitán Bochatey cuando le reclamaron que estaba secuestrado. La búsqueda continuó con los correspondientes Habeas Corpus, la recorrida por hospitales, regimientos, la vicaría castrense. Al igual que la familia de Chidichimo, visitaron a Graselli, quien les dijo que “sólo consolamos a las familias” y pero que en realidad pretendía decidir si “valía o no valía la pena seguir buscando”. Patricia aportó en debate la ficha de su padre confeccionada por Graselli y pidió que se lo cite a aclarar las inscripciones que allí figuran. Finalmente los Congett se vincularon a Madres de Plaza de Mayo. Pero siguieron sufriendo la represión: el 24 de marzo del ’77 sufrieron otro allanamiento donde los represores preguntaron por Jorge, a quien ya tenían secuestrado.

En su testimonio CLAUDIA CONGETT relató que en ese episodio uno de los represores la alzó en brazos y le dijo “¿No querés venir conmigo?”. Ella se grabó ese rostro pese a tener sólo 6 años. Patricia sumó por su parte que ella veía siempre a ese represor rubio cuando en las inmediaciones de la Brigada cuando iba a visitar a su padre al trabajo en la Municipalidad. Al revisar el álbum de fotografías de los represores, Patricia reconoció al rubio en dos fotos distintas del represor Ricardo Juan García. También señaló como participante del operativo a Héctor Carrera. Claudia hizo lo propio y señaló a García como quien la tuvo en brazos. Las hermanas pudieron reconstruir el destino de su padre a través de los testimonios de Nilda Eloy, en igual situación a la narrada por Florencia Chidichimo, y de Horacio Matoso, quien les sumó un dato certero: cuando es liberado del CCD “Infierno”, Matoso recibe un mensaje del detenido apodado “El Abuelo”, que le dice que vaya a avisar de su situación a la capilla Stella Maris. Matoso creyó que se trataba de la Iglesia porteña de Retiro, pero se estaba refiriendo a la capilla homónima del barrio de Villa Luzuriaga en San Justo, a la que Congett solía visitar. Claudia contó que sus padres eran creyentes y comenzaron la actividad social desde la iglesia. Por eso visitaban la capilla Stella Maris. Así pudieron colegir que “El Abuelo” era su padre, que venía secuestrado con el grupo de zona oeste de San Justo a Avellaneda.
Patricia definió con firmeza “Con casi 60 años sigo buscando a mi padre porque no tengo respuesta del estado ni de la Justicia, ni de los que participaron y no dicen lo que pasó con tantos ciudadanos. Hay algunos con varias perpetuas. Nosotros llevamos casi dos perpetuas buscando a mi viejo, porque ellos reciben perpetua y son 25 años, y encima les dan la domiciliaria”. Claudia cerró su testimonio diciendo que “el 20 de noviembre se cumplen 42 años. Queremos ser la voz de nuestro padre y que la Justicia nos escuche. Como hubiera sido la voz de Nilda Eloy y Estela Gariboto, que no llegaron a este juicio”.
Las hermanas Congett, integrantes de HIJOS La Matanza, testimoniaron ante la Cámara Federal platense hace casi 7 años, en diciembre de 2011. Pero por las inexplicables defecciones de la justicia federal deberán seguir esperando justicia ya que el caso de su padre no forma parte de la acusación de este debate, igual que otra veintena de personas que han pasado probadamente por la Brigada de San Justo.
  

La próxima audiencia será el miércoles 14 de noviembre desde las 10 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

domingo, 11 de noviembre de 2018

31 DE OCTUBRE: DÉCIMA AUDIENCIA


METÁFORAS DEL TERROR
 
Se escucharon los testimonios de los hermanos de Gustavo Lavalle y de una sobreviviente que supo del paso de varios secuestrados llevados desde San Justo al Pozo de Banfield y luego desaparecidos.

Por HIJOS La Plata
 

La audiencia se inició con el relato de ADRIANA HERMINIA LAVALLE, de 65 años, que declaró por teleconferencia desde su casa. Describió el secuestro de la familia de su hermano Gustavo Antonio Lavalle, ocurrido el 20 de julio de 1977 en su domicilio de José C Paz. Gustavo, su nuera Mónica María Lemos, embarazada de 8 meses, junto a su sobrina María de 15 meses fueron llevados a la Brigada de San Justo, donde estuvieron 6 días en el caso de María, y los padres hasta septiembre del mismo año. María fue llevada a la casa de unos vecinos de la familia y los padres trasladados al Pozo de Banfield, donde Mónica dio a luz a María José a comienzos de septiembre del ’77. De allí la pareja fue desaparecida y la bebé trasladada con horas de vida a la Brigada de San Justo, donde fue apropiada por la sargento de la bonaerense María Teresa González y su pareja Nelson Rubén. Tras la lucha de las familias paterna y sobre todo de la abuela materna, Haydé Vallino de Lemos, María José recuperó su identidad en 1987 y los apropiadores González y Rubén fueron condenados a 3 años de prisión en suspenso.
La testigo, hermana mayor de Gustavo, relató que quien se ocupó desde un primer momento del tema fue su padre, Francisco Lavalle, que fue a visitar a su hijo como todos los domingos y se  encontró la casa de José C Paz reventada. A través del relato de los vecinos pudieron saber que hacía cuatro noches se habían llevado a la familia entera en ropa de cama, ya que estaban durmiendo cuando llegó el operativo. Francisco pudo ver las puertas arrancadas de la vivienda y la casa revuelta. Cuando quiso denunciar el hecho en la comisaría de la zona le dijeron que tenía que esperar hasta el lunes para realizar el trámite. Paralelamente realizó los correspondientes Habeas Corpus, que presentó en la justicia de San Martín, ya que vivía en Villa Pueyrredón, Capital Federal.
Adriana relató también que una semana después del hecho, la familia recibió un llamado telefónico anónimo a la casa de Villa Pueyrredón, donde una voz masculina pedía hablar con Francisco “si quiere volver a ver a su nieta”. Entonces conminaron al abuelo para vaya a buscar a su nieta María a un domicilio de Haedo, cerca de la casa de los abuelos maternos: el dato, no menor, denota que los represores tenían muy presente todos los movimientos de la familia, ya que los abuelos Lemos se habían mudado hacía poco tiempo a la zona. Así fue que Francisco Lavalle encontró a María en la casa de un vecino que la había recibido en un moisés y muy descuidada. “La nena estaba con la mirada fija, en estado de shock. No reconocía nada. Es una de las tantas metáforas de lo que es el terror”, dijo Adriana intentando describir lo que había vivido la niña, que presenció el secuestro de sus padres, el traslado a un centro clandestino y la separación de su familia. María vivió toda su infancia con miedos a los ruidos fuertes, a las sirenas y a los uniformados, que la llevaron a sufrir convulsiones. Con la ayuda profesional pudo superar la situación, pero lo que más la ayudó fue reencontrar a su hermana.
En 1985 se iniciaron investigaciones sobre una mujer policía que había revistado en San Justo entre enero del ’76 y marzo del ’78 y que tenía una hija cuya edad coincidía con la de la criatura nacida en cautiverio. Tras la judicialización del caso en los tribunales de Morón, las pruebas genéticas demostraron con un 99.98% de certeza que la niña era hija de Mónica y hermana de María.  Adriana Lavalle contó en la audiencia que el reencuentro y la adaptación de María José con la familia no fue fácil: “Ella sufrió violencia física y psicológica de parte de la apropiadora. Le costaba comunicarse. Además le estábamos presentando una familia vacía, sin los padres, y éramos personas desconocidas para ella”. Pero a medida que se encontraron las hermanas todo fue un poco más fácil.

Adriana también relató que por disposición municipal y a pedido de los vecinos la ex calle 17 de octubre donde secuestraron a los Lavalle-Lemos se llama hoy “Gustavo y Mónica”. “Eran muy queridos en el barrio, sobre todo Mónica. Vivieron menos de dos años en el barrio, pero se los sigue recordando”, dijo la hermana de Gustavo. Adriana contó también que la certeza de que Gustavo y Mónica pasaron por el Pozo de Banfield la tienen por el testimonio de Liliana Zambano, sobreviviente de Banfield que llegó al CCD cuando María José ya había nacido, pero supo que Mónica fue “trasladada” el mismo día que ella llegó, en septiembre del ’77.
Los detalles del caso fueron relatados por las hermanas en la segunda audiencia de este juicio, pero los demás familiares sumaron desde su visión lo que significó la desaparición forzada en la familia, que además el 6 de agosto del ’77 sufrió el secuestro y desaparición del hermano de Mónica, Mario Alberto Lemos, que tenía un taller de trabajos en cuero con Gustavo Lavalle y activaba en la sindicalización de los artesanos en Plaza Francia
Adriana contó que en la desesperada búsqueda la familia contactó a varios informantes, tanto integrantes del Ejército como de la Iglesia católica y en una oportunidad, a través de un secretario de Monseñor Plaza, Arzobispo de La Plata, pudieron confirmar que Mónica había dado a luz en cautiverio. Una vez más, el caso confirma la complicidad y pleno conocimiento de la Iglesia respecto al plan sistemático de represión, torturas, desaparición y apropiación de bebés.


 
A su turno, ARIEL FRANCISCO LAVALLE, hermano menor de Gustavo, brindó un breve relato de lo que él recuerda sobre los hechos, cuando él tenía 16 años. Contó que la última vez que vio a su hermano fue el sábado 17 de julio del ’77 en casa de sus padres. Lo recuerda bien porque fue su cumpleaños, y Gustavo vino a saludarlo. Allí comentó que con su esposa Mónica estaban haciendo trabajo barrial y tenían a la segunda nena en camino. “Estaba muy asustado” reconoció Ariel, y dijo que su hermano “comentó que se sentía perseguido por la represión. No sabía si presentarse en la comisaría y decir ‘Acá estoy’”. Ese encuentro familiar fue la última vez que vieron con vida a Gustavo. Al domingo siguiente su padre fue a visitar a la familia de Gustavo y encontró el desastre.
Ariel también recordó que cuando le tocó realizar la colimba en el Escuadrón Riobamba de Granaderos, sufrió amenazas de muerte y distintos amedrentamientos: “Que no se enteren los superiores de lo de tu hermano desaparecido porque sos boleta” le dijo el jefe de escuadrón.
Analizando las consecuencias de la desaparición forzada Ariel dijo que “La familia quedó rota. Mis padres perdieron un hijo y nosotros perdimos un hermano. Cuando murió mi padre, mi madre dijo frente a la tumba ‘Ahora tengo donde llorar a mi hijo’. Las consecuencias de esto no terminan nunca, ni siquiera con cómo educás a tus hijos, tratando de que no odien por lo que pasó”.
  
El último testimonio de la jornada fue el de la ex detenida LILIZANA ZAMBANO, secuestrada el 30 de agosto de 1977 cuando tenía 22 años y era estudiante de historia de la UNLP y vivía en un departamento frente a la comisaría 9na de La Plata. Zambano fue llevada a la Brigada de Investigaciones de La Plata, a uno de los centros de Arana y al “Pozo de Banfield”. Fue citada específicamente por la identificación que realizó en Banfield de varias personas desaparecidas, ya que además es víctima y caso en las causas por esos CCD y ha declarado en esos procesos.
La testigo relató que fue secuestrada junto a Jorge Gilbert y Zacarías Moutokias por personal de civil que los trasladaron a la Brigada de La Plata, en el centro de la ciudad, para luego derivarla a uno de los centros de Arana, donde sufrió torturas y estuvo dos noches. Luego la volvieron a llevar 1 semana a la Brigada La Plata y el 8 de septiembre del ’77 la trasladaron a la Brigada de Investigaciones de Banfield. Cuando llegó fue ubicada sola en un calabozo. Sin embargó comenzó a comunicarse con otros detenidos y supo que allí estaban Diana Galetti y Virginia Allende, a las que conocía porque ambas habían sido sus profesoras de historia.
Zambano describió que en el piso de Banfield donde ella se encontraba había dos pabellones: uno a la izquierda donde entre otros estaba Rafael Perrota, director del Diario Cronista Comercial, y otro a la derecha en el que estaba ella. En ese ámbito Zambano pudo saber que allí estaban María del Carmen Percivatti y su esposo Daniel Manzotti (ambos desaparecidos), una chica llamada Mercedes y su esposo, y Laura Futulis, militante montonera de la zona de Caseros que estaba secuestrada junto a su esposo Miguel Eduardo Rodríguez. Todos se conocían entre si y habían sido duramente torturados en la Brigada de San Justo. Futulis le contó que entre los secuestrados estaba la pareja Lavalle Lemos, que en septiembre Mónica había dado a luz a una niña y que la otra niña había sido llevada con los abuelos. Además, Zambano deduce que el mismo día que ella llegó a Banfield hubo un “traslado” grande de detenidos entre los que estaba Mónica Lemos. Lo recuerda porque la hicieron limpiar el pabellón donde habían estado estos detenidos y encontró un pantalón de embarazada que había usado Mónica.

Además, Zambano pudo saber de otros detenidos como María Elena Ianotti, militante del Partido Comunista en Marlo y secuestrada en septiembre del ’77 en una carpintería que tenía en esa localidad la familia Moreno, junto a los hermanos Antonio Domingo y José Eduardo Moreno Delgado, ambos sobrevivientes y caso en este juicio. Los tres fueron llevados primero a San Justo y luego a Banfield.
Zambano describió también el perverso mecanismo que los represores hacían correr entre los detenidos, ya que les referían que iban a ser trasladados en avión al sur del país para ser puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, con lo cual debían estar en ayuno y desprenderse de sus pertenencias. Los famosos “traslados” no eran otra cosa que la el asesinato y ocultamiento de los cuerpos. “Todos ansiaban el traslado, para ser puestos en situación legal y poder ver a sus familias”, reflexionó Zambano.
Finalmente Zambano relató que fue liberada a fines de octubre del ’77 cerca de Claypole, con la amenaza de que “naciste de nuevo, pero andáte de La Plata”.
 
Tras escuchar los testimonios de esta semana queda flotando en el tribunal otra de las metáforas del terror: por defección de la justicia platense, pese a escuchar a los familiares en el juicio que relatan que toda la familia Lavalle Lemos pasó por la Brigada de San Justo, sólo está imputado en el juicio por los 4 casos el represor Hidalgo Garzón, mientras que el grueso de los genocidas sólo recibió acusación por el caso de María Lavalle. La querella de la familia pidió ampliar la acusación y el TOF 1 lo negó amparado en cuestiones formales. Recordemos que en la segunda audiencia de este debate el juez Esmoris se sacó de encima el tema afirmando que “las falencias de la instrucción no se resuelven con nuevas falencias en el debate oral” y el juez Vega hizo lo propio diciendo que como jueces no están dispuestos a pagar los costos de esta situación ya que “más allá de lo justo y racional del pedido, no se ajusta a derecho”. La fragmentación de la investigación de hechos del Terrorismo de Estado es una nueva mecánica de la victimización hacia los familiares. La justicia federal platense pretende que la familia Lavalle Lemos siga esperando un juicio justo. Esto, claro, si es que los imputados siguen vivos para cuando se realice tal debate.
 
La próxima audiencia será el miércoles 7 de noviembre desde las 10 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

domingo, 4 de noviembre de 2018

24 DE OCTUBRE: NOVENA AUDENCIA

SOBREVIDA Y MUERTE EN LA BRIGADA



Un militante comunista y sobreviviente de la Brigada, más la mujer y los hijos de un desaparecido en ese CCD dieron continuidad al juicio que se realiza en los tribunales federales de La Plata.

Por HIJOS La Plata






La jornada se inició con el testimonio de Sigfried Watzlawik Padilla, quien en su juventud fue militante del Partido Comunista y vivía en Lanús este. La madrugada del sábado 10 de diciembre de 1977, cuando tenía 35 años y estaba en su casa con su mujer y sus hijas de 2 y 3 años, sufrió un operativo de gente uniformada que se presentó como “Fuerzas Conjuntas” de Ejército y Policía. “Rompieron la puerta, entraron violentamente y nos hicieron poner cuerpo a tierra, un salvajismo total. Estaba con mi mujer y ella no se olvida nunca más”, dijo el testigo. Relató que rompieron el taparollo y el cielorraso del lugar buscando armas, siendo que él sólo tenía una escopeta de caza. Entonces le pusieron un antifaz, lo sacaron a la calle y lo subieron en una camioneta. Según recordó el testigo el vehículo anduvo una hora, mientras iban buscando a otras víctimas en el camino.

Lo llevaron a la Brigada de San Justo y ni bien lo ingresaron al lugar lo desnudaron y lo llevaron directamente a torturarlo con picana eléctrica. Le preguntaban por armas y por actividades subversivas.

Luego de eso lo pusieron en una celda con los detenidos Aníbal Ces, camarada de Lanús, y Sánchez, apodado “Negro Black”, a quien conocía del barrio pero que ya se había mudado a San Justo. Ese grupo tuvo dos o tres sesiones de tortura más. También supo que estaban la esposa de Ces, Ana María Expósito, Eduardo Nieves y su esposa Norma Martínez, Ismael Zarza y Haideé Mabel Rodríguez, todas víctimas en este debate y en el caso de Rodríguez está desaparecida. Según el testigo preguntaban tres represores: “Me decían que hablara, que iban a matar a mis hijos. Nosotros éramos del Partido Comunista y no era nuestro tema las armas”. En un momento trajeron a una persona que pudo ver que estaba descalza “para ver si me conocía pero se ve que no, porque no me paso más nada. Me pedían nombres, y yo no iba a delatar a nadie” dijo Watzlawik. Entonces, sumergido en la desesperación un día va al baño, encuentra una gilette y decide quitarse la vida. “Estoy vivo de casualidad. El ‘Negro Black’ empieza a los gritos cuando se despierta. Me sacan por la cantidad de sangre que había perdido, y con la puerta me golpean la cabeza, estaba medio mareado y débil por los acontecimientos”. Luego de eso comenzó a ser tratado aparte, y lo visitó un médico, al que describió como robusto, vestido de blanco y morocho, que le cosió los brazos y la cabeza. Pero como la tarea no era fácil los represores dijeron “dejá que a este subversivo le vamos a decir al jefe que lo maten”.

Con otros detenidos como Ces y Eduardo Nieves, en su cautiverio Watzlawik estuvo encadenado a unas argollas de hierro que estaban empotradas a la pared. Pudo saber de 4 chicas secuestradas que eran de Montoneros o el ERP, a las que a veces escuchaba que cantaban. Al tiempo, cuando ya se había repuesto del incidente anterior, lo llevaron a otro interrogatorio, y le preguntaron por su nacionalidad peruana y por qué vino a hacer desastres al país. En realidad había venido a los 5 años de edad, pero sus padres le contaron que en aquel momento fueron a pedir a la embajada peruana por él y realizaron Habeas Corpus, lo que supone les molestó a los represores. Por el lugar pasaba un avión con la propaganda del club Huracán de San Justo, por eso supuso que estaba en la Brigada de San Justo.

Tras esto, a principios de marzo del ’78, a él y a “Black” les dijeron que los iban a liberar pero que iban a estar vigilados. “Me acuerdo que estaba lluvioso, nos llevaron a un campo por Villa Caraza, nos pusieron arrodillados. Nos tiraron a una especie de zanja. Se dan vuelta y se van. Ahí nos dimos cuenta que nos salvamos”.

El testigo recordó que los represores actuaban todos con sobrenombres como “Rana”, “Araña”, “Panza”, “Jirafa” y “Lagarto”, aunque sólo pudo verlos cuando lo secestraron, porque después estuvo siempre tabicado. Aun así, hizo el esfuerzo de realizar un reconocimiento fotográfico e identificó a los represores Mario Jorge Rodríguez, no imputado en esta causa, a Héctor Horacio Carrera y a Rubén Alfredo Boan, esots dos ya señalados en reconocimiento por otros testigos.

Sigfried contó que cuando lo liberaron estuvo delicado muchos meses y se pudo recuperar con ayuda de la familia y amigos, más atención médica y psicológica porque “es algo que nunca se olvida”, dijo. Finalizó con un pedido sobre el edificio de la Brigada: “Quisiera que el lugar ese no quede en el olvido que hubo gente torturada, e incluso muertes. Quisiera que lo cierren y que haya un espacio para la Memoria Verdad y Justicia. Ahí había una sala de tortura. Y esas cosas no tienen que pasar más”.




Acto seguido testimoniaron tres familiares del militante peronista desaparecido Gustavo Horacio Lafleur, apodado “Tato” y “Chicho”. En su juventud Lafleur había sido fundador de la Agrupación Juvenil de Estudiantes Secundarios (AJES) y luego en los ’60 de la Juventud Peronista Revolucionaria (JPR). Compañero de militancia del histórico dirigente de la JP Gustavo Rearte, fue uno de los fundadores del “Grupo de los Sabinos”, llamado así por el militante Sabino Navarro, germen de lo que posteriormente fue la organización Montoneros. Lafleur fue funcionario del gobierno de Oscar Bidegain en la provincia de Buenos Aires e impulsor en el ’74-‘75 de los grupos de la zona oeste de las llamadas Coordinadores Obreras de Base que enfrentaban el poder de las burocracias sindicales aliadas al gobierno de Isabel Perón.

Recordemos que en la audiencia anterior “Lili” Galeano, hija del desaparecido Héctor Galeano, contó que para 1975 su padre había armado el llamado “Grupo del Oeste” con otros referentes sindicales como José Rizzo (dirigente metalúrgico), Jorge Congett (trabajador municipal de La Matanza), Ricardo Chidichimo (meteorólogo y militante de la JUP) y justamente Gustavo Lafleur. La mayoría de estos referentes fueron secuestrados entre el 10 y el 17 de noviembre del ’76, llevados a la Brigada de San Justo, desaparecidos desde el CCD “El infierno” y son caso en este juicio.


Helena Alapín, la esposa de Lafleur, recordó a su marido diciendo: “militó desde muy joven en las filas de Cristianismo y Revolución y luego en la Juventud Peronista. Al momento de los hechos era maestro mayor de obras, había comenzado a trabajar en una fábrica y estaba en la Juventud Trabajadora Peronista. Nosotros no estábamos clandestinos, teníamos dos hijos y nuestra casa, nuestro hijo iba a una escuela cristiana evangélica. Sí sabíamos que había compañeros de mi esposo que habían desaparecido”.

Sobre el operativo en que fue secuestrado Gustavo, Helena recordó que la noche del 10 de noviembre de 1976, estaban descansando en su casa de calle Merlo 470 en Castelar. Estaban ella, Gustavo, y sus hijos Lautaro de 6 años y Laura de 2. A eso de la 1:30 o 2 de la mañana ingresó un grupo de personas 8 personas armadas que la testigo recuerda que estaban de civil y con ropa ligera, porque hacía calor. Tras reducir a Gustavo se lo llevaron a un cuarto y a su esposa a otro. Helena escuchó que los represores decían “A ésta dejála porque no está haciendo nada”. Entonces ella pidió que le trajeran a los chicos y así hicieron. Revisaron toda la casa y se guardaron una libreta suya con direcciones. Entonces se llevaron a Gustavo, que hasta hoy continúa desaparecido.

La testigo afirmó que a partir del secuestro de su marido empezó una peregrinación para la familia, ya que no querían volver a la casa, tuvieron que venderla, cambiar a los chicos de colegio y se mudaron al barrio Catalinas Sur. “Así empezamos el periplo de todos los familiares: primero los habeas corpus, las solicitadas, luego empezar a recoger información de aquí y de allá”. La testigo recordó que en la búsqueda se acercó a una misa que oficiaba monseñor Laguna en Morón y allí tomó contacto con otros familiares que se estaban reuniendo en la sede de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. “Nos encontrábamos en las colas frente al ministerio del Interior, frente al Primer Cuerpo de Ejército, mi suegra en la base de Morón. Y muchos fuimos a ver al padre Graselli. Yo fui dos veces, la primera a mediados del ’77, donde miró una supuesta lista que tenía y me dijo que Lafleur vivía. Lo fui a ver unos meses después y me dijo ‘No tengo más novedad?”.

Helena dijo también que trató de recomponer la vida familiar con ayuda de sus padres y sus suegros, y sobre todo con mucho apoyo de la gente del barrio, algunos vecinos que le cuidaban los chicos para que fuera a las movilizaciones de los organismos de Derechos Humanos, y de algunos docentes de sus hijos que solidariamente los apoyaban porque sabían lo que estaban atravesando.

La primera noticia que tuvo sobre la suerte de Gustavo fue por unos amigos que le dijeron que habían hablado con un trabajador de Aerolíneas Argentinas llamado Andrés Liperioso, que había sufrido una detención ilegal y que en ese operativo uno de los represores, al que conocía y al que le preguntó por Gustavo Lafleur, le habría dicho que “Gustavo perdió porque se pasó de piola”. Luego, cuando la testigo estaba trabajando en el CELS, a través de Luis Zamora supo del testimonio de Horacio René Matoso, ex detenido del CCD “El Infierno” que había sabido del paso por ese lugar de Lafleur, Chidichimo, Rizzo y otros. Entonces tiempo después contactó y habló con Matoso y le contó con detalles lo que sabía. Efectivamente, Matoso testimonió ante los jueces Antonio Pacilio y Julio Reboredo de la Cámara Federal platense en el Juicio por la Verdad el 4 de octubre de 2000. Allí relató su secuestro, ocurrido en su casa de Ringuelet el 8 de noviembre del ’76, su paso por uno de los CCD de Arana en La Plata, luego unos 15 días por un lugar que no supo identificar y finalmente su llegada a la Brigada de Lanús con asiento en Avellaneda el 30 de noviembre del ’76. Entonces mencionó que pese a estar tabicado supo de la llegada de cuatro o cinco personas que “eran de la zona oeste de la Provincia de Buenos Aires, una persona era de apellido Lafler (fon), en francés Lafleur digamos, otra persona era Ricardo Chidichimo que era meteorólogo, era hijo de un piloto de aviones Jumbo, estaba otra persona de apellido Santos o De Los Santos que trabajaba en la empresa Yelmo, había otro señor ya un señor de más edad, estos tres eran jóvenes 25, 27 años, había un señor de nombre, se llamaba José Rizzo, trabajaba en un fábrica de transformadores, era pintor en esa fábrica de transformadores eléctricos que estaba ubicada enfrente de la metalúrgica Santa Rosa y también llegó junto con ellos un muchacho que solo supe el sobrenombre ‘Chiche’” y agregó que “a esta gente la trasladaron mucho antes de que yo saliera de ahí”.


Alapín contó que a Rizzo lo conoció personalmente porque era amigo de Gustavo y algunas veces habían visitado en su casa. Además dijo que conoció a la madre de Chidichimo en las marchas de los organismos de DDHH exigiendo la aparición de sus seres queridos.

Sobre el efecto siniestro que provoca la desaparición forzada en el seno familiar, Alapín afirmó: “Hay que recordar que para los griegos lo peor es no tener una tumba, y es realmente terrible no tener un lugar adonde hacer el duelo. Aunque uno no vaya. Porque forma parte de los ritos culturales de la humanidad tener un lugar donde recordar a sus muertos. Así y todo mis hijos y yo logramos salir adelante por la contención de las agrupaciones de familiares, entre otras cosas”.

Para finalizar la testigo citó la frase del general italiano Carlo Alberto dalla Chiesa, integrante de los Carabinieri que reprimieron a los militantes de las Brigadas Rojas, y que pronunció en 1978 en ocasión del secuestro del líder de la Democracia Cristiana Aldo Moro, cuando se negó a torturar a uno de los militantes detenidos por el magnicidio: “Italia puede vivir sin Aldo Moro, pero no puede vivir con la tortura”. La testigo agregó que “un Estado, que es la institución máxima de la sociedad no puede permitirse ejecutar estas políticas. El Estado es el garante de que se cumpla la ley y el depositario de la violencia legítima. En estos juicios se pone de manifiesto que un Estado debe actuar siempre de acuerdo a la ley”.  Lo sugerente del caso es que el supuesto demócrata dalla Chiesa, creador de las cárceles especiales” para los acusados de terrorismo, fue asesinado por el Estado-Mafia del democristiano Giulio Andreotti y la Logia P2; y que en septiembre pasado un informe de la Procuración Penitenciaria de la Nación reveló la existencia, sólo en el año 2017, de más de 5.320 casos de torturas y malos tratos en las cárceles argentinas, donde imperaría el “Estado de Derecho”. (1)




A continuación Laura Lafleur, hija de Gustavo, apeló a sus recuerdos más lejanos para hablar de su padre: “Cuando lo secuestraron yo tenía 2 años. Yo no tengo recuerdos de mi papá. Lo que sé es porque me contaron mi mamá y mi hermano. El relato que yo tengo es que estábamos durmiendo, entraron y se lo llevaron. Tengo el recuerdo de que siendo una niña mi madre me dijo que se lo habían llevado unos soldados malos y, según me contaron, yo decía ‘pobre papito, te van a pegar’”. La testigo relató que “fue duro crecer sin la presencia de mi padre, porque no se murió de una enfermedad o lo atropelló un auto. Hay cosas que las entiendo ahora que soy grande y tengo hijos. Soy artista y creo que tengo ahí la sensibilidad. Nunca hice un duelo, lo viví como una película, luego lo elaboré. Ahora lo que me duele es no saber cómo murió mi papá, cuanto estuvo en cautiverio, me duele que seguramente pensaba en nosotros, me duele saber que lo hayan torturado, y esto tan siniestro esto de que una persona desaparezca”. En un momento de su testimonio y como homenajea años de lucha, Laura mostró el pañuelo blanco de su abuela paterna Nefer Picarel de Lafleur, que durante años reclamó por la aparición con vida de su hijo Gustavo desde Madres de Plaza de Mayo. Entonces agregó: “Estoy contenta que se haga este juicio y me gustaría que se haga justicia y que la paguen por estos terribles delitos. Sería muy reparador que ese lugar, la DDI de San Justo sea desafectada, y sea un lugar de vida y encuentro”.


Para finalizar Lautaro Lafleur, hermano mayor de Laura, rememoró los detalles del operativo de secuestro de su padre, Cuando él tenía 16 años. “Yo estaba en el cuarto con mi hermana. En un momento veo una persona en la puerta mirando, escuche gritos de hombres.  Pasó un tiempo y se fueron y solo quedamos mi madre, mi hermana y yo”.  Sobre la militancia de su padre dijo que la conocía “en términos generales. Sabía que tenía un trabajo por su militancia, para insertarse sindicalmente. Había reuniones en mi casa. Fui consciente que esa militancia implicaba algún peligro”. El testigo recordó que de joven acompañaba a su madre a hacer gestiones, que viajaron a Europa en los años ’80 y visitaron a compañeros exiliados que los ayudaron a reconstruir el destino de su padre. “Es algo sobre lo que me costó mucho hablar lo de mi papá” concluyó Lautaro que testimonió por primera vez. Y se sumó al pedido de que se conserve el espacio físico de la Brigada como un museo de la memoria.

Estos 4 relatos denuncian, reclaman, hacen visible lo silenciado, y ayudan a dar sentido a la pregunta por cómo narrar el horror, cómo representar el vacío de la desaparición forzada: a través de historias de sobrevida y muerte en la Brigada de San Justo. 


(1)   http://ppn.gov.ar/pdf/publicaciones/2017%20Informe%20anual%20RNCT.pdfhttp://ppn.gov.ar/pdf/publicaciones/Informe-anual-2017.pdf


La próxima audiencia será el miércoles 31 de octubre desde las 10 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

17 DE OCTUBRE: OCTAVA AUDIENCIA

LA SECTA DE LA PICANA



Brindaron testimonio la hija de un dirigente telefónico detenido-desaparecido y un militante comunista sobreviviente del horror que produjo la represión en el oeste del conurbano bonaerense en dictadura.  Lo que Rodolfo Walsh describía sobre San Justo a fines de los ’60 como “la secta del gatillo alegre” se convirtió una década después en el plan sistemático de secuestros torturas y desapariciones.

Por HIJOS La Plata






La audiencia se inició con el testimonio de Celia Alicia “Lili” Galeano, hija del trabajador, delegado telefónico y militante del Peronismo Auténtico Héctor Galeano, secuestrado en noviembre de 1976 y desaparecido por las patotas de la policía bonaerense en la Brigada de San Justo y luego en la de Lanús (CCD “El Infierno” ubicado en Avellaneda).

La testigo, que tenía 16 años al momento del secuestro, comenzó realizando una semblanza de su padre, hijo de campesinos semi analfabetos, nacido en el pueblito San José, departamento de Aguirre, Santiago del Estero, que se mudó a Pinto en aquella provincia y luego a los 20 años se vino a Capital Federal en busca de trabajo. Héctor se casó con Dominga Vélez y en 1955 se fueron a vivir al barrio obrero de Villa Constructora en el corazón industrial de La Matanza, donde estaban las empresas MAN de motores diésel, la Yelmo de electrodomésticos, la metalúrgica Santa Rosa , la eléctrica Cegelec, la Textil Oeste, el frigorífico municipal y otras. “Ese barrio tiene 17 personas desaparecidas, en su mayoría trabajadores, mujeres y jóvenes”, dijo Galeano. Su padre comenzó a trabajar en los talleres de Ciudadela de Entel en 1957, donde también entraron a trabajar varios tíos. Conoció al referente gremial Julio Villán, comenzó su actividad sindical con los telefónicos, fue presidente de la cooperadora de la escuela Nº6 y siempre sostuvo la identidad peronista combativa. Ya para 1975 Héctor formó el llamado “Grupo del Oeste” con otros referentes sindicales como José Rizzo (dirigente metalúrgico), Jorge Congett (trabajador municipal de La Matanza), Ricardo Chidichimo (meteorólogo y militante de la JUP) y Gustavo Lafleur (fundador de la Juventud  Peronista de las Regionales), la mayoría de ellos secuestrados entre el 10 y el 17 de noviembre del ’76, llevados a la Brigada de San Justo, desaparecidos desde el CCD “El infierno” y caso en este juicio.

La actividad política de su padre provocó que la familia Galeano debiera mudarse reiteradamente o pasar períodos en casa de familiares. En el año ’75 su padre era parte del Frente de Trabajadores Eva Perón y realizó una volanteada en una fábrica junto a Gustavo Lezcano y los hermanos Jorge y Raúl Correa. Entonces un grupo ligado al sindicato de mécanicos (SMATA – liderado entonces pro el burócrata José Rodríguez) les salió al cruce y baleó al Jorge Correa, quien falleció. Su hermano Raúl fue detenido el mismo día y llevado a la Brigada de San Justo y luego al CCD “Puente 12”.  “En una reunión familiar mi padre nos reunió y nos dijo que se estaban llevando a sus compañeros telefónicos, como Julio Villar, una mujer apodada ‘Coca’ o ‘Cuca’, y otros. El Terrorismo de Estado dejó 50 telefónicos desaparecidos. Él sabía que lo estaban buscando porque fueron a la oficina en Flores donde él trabajaba, y revisaron las camionetas de Entel en la zona. Entonces pidió el traslado a los talleres de la empresa, que fue su último lugar de servicio. Él manifestó que no se iba a ir, que se iba a quedar con la familia”.


El 17 de noviembre de 1976 se realizaba una misa en la capilla Nuestra Señora de Luján, a 6 cuadras de la casa de los Galeano, como aniversario del fallecimiento de la abuela paterna. Héctor venía de su trabajo en Flores e iba a ir directamente a la capilla. Pero tuvo un incidente en el camino y se retrasó. Luego llegó a su casa y todos se fueron a acostar temprano. Estaban el padre, la madre, los cuatro hermanos, dos sobrinas y una tía. Entonces a las 11:30 de la noche escucharon frenadas de autos y golpes en las puertas.  Los represores entraron por el pasillo de la casa rompiendo las puertas. “Mi papá se levantó y dijo: ‘Es para mí, me vienen a buscar’”. “Lili” recuerda que con sus 16 años vio cómo golpearon a sus padres, luego apartaron a Héctor y lo sacaron arrastrando entre dos, mientras iba gritando el nombre de su madre. Fueron sus últimas palabras con su familia. Los represores robaron varias pertenencias de la familia y, por testimonios de vecinos, se supo que se movieron en tres Falcon y un Jeep verde.

Cuando pudo reaccionar, la madre de “Lili” fue a avisar a los hermanos de Héctor, que vivían en el barrio. Luego fue a denunciar el hecho a la comisaría de San Justo, a 15 cuadras de la casa, y vio a un efectivo de jerarquía al que recordaba de haberlo tratado en el Policlínico. Entonces lo llamó por su nombre: ¡”García!”. Pero el represor Ricardo Juan García, del plantel estable de la Brigada, no se dio por aludido.

Continuando la búsqueda, su madre recorrió el Regimiento de Ciudadela, donde encontraron a otros familiares de desaparecidos y las cárceles de La Plata y Sierra Chica, siempre con resultado negativo. “Mi madre tuvo que ocultar en su trabajo lo que había pasado”, dijo “Lili”, y agregó que Dominga trabajaba en el Policlínico municipal de San Justo, ubicado a la vuelta de la Brigada, y por tal motivo conoció al médico Jorge Héctor Vidal, que cumplía funciones en el hospital y que era muy temido por el personal. Dijo que en una oportunidad se lo escuchó al médico jactarse del trato humillante que aplicaba a los detenidos. Además, la testigo contó que su madre le dijo que en una oportunidad, durante la búsqueda de su padre, pudo ingresar a una cochería y funeraria llamada “Dauría” que se ubicaba en la calle Perú de San Justo (hoy en Eizaguirre y Almafuerte). Le dijo que allí pudo observar un galpón donde ubicaban decenas de cadáveres N.N. y que, presumiblemente, se manejaban en coordinación con los represores de la zona.
La testigo contó además cómo supo del paso de su padre por la Brigada de San Justo: en una actividad de Memoria realizada en diciembre de 2011 en Ramos Mejía, encontró a Nilda Eloy, ex detenida desaparecida que le contó a “Lili” y otras HIJAS de La Matanza que había estado en el CCD “Infierno” de Avellaneda y que a fines del ’76 había compartido cautiverio allí con un grupo de delegados gremiales que venían de San Justo, entre ellos a José Rizzo, Ricardo Chidichimo y otros. Les dijo con precisión que habían llegado los primeros días de diciembre del ’76 y que los vio hasta el 31 de diciembre de aquel año. A su vez “Lili” conoció al “Gallego” Fernández, compañero de militancia de su padre que le contó que habían compartido militancia en el grupo sindical del Peronismo Auténtico, el espacio político creado por sectores de izquierda del peronismo en 1975, conducido por Andrés Framini, Oscar Bidegain y Dardo Cabo, entre otros, que terminó fusionándose con Montoneros en 1977. Fernández le dijo también que iban a los barrios a realizar tarea política y que había un impulso muy grande para unir los frentes barrial y sindical. La testigo destacó la importancia de esos datos para reconstruir la historia militante de su padre y dijo: “Fue muy valioso para armar este rompecabezas del que por muchos años no supimos nada. Yo estuve en varios movimientos sociales, y nunca dije que era hija. Pero a partir de saber de la militancia de mi padre es que me acerqué a HIJOS La Matanza y juntos nos impulsamos a estar hoy dando testimonio”. En una muestra más de que quienes trabajan y aportan información a las causas son los familiares y los organismos de Derechos Humanos, “Lili” contó que su madre recibió en el Policlínico testimonios de varias mujeres internadas y ex detenidas de la Brigada que le dijeron que allí habían sido despojadas de sus hijos. Y sumó el caso del hijo de Ema Lucero, Flavio, que pasó siendo un bebé por la Brigada de San Justo en abril del ‘75, mientras allí estaba detenida su madre, militante de la zona de San Martín. “Lili” conoció a Flavio hace poco, vive hoy con su familia en Rosario, nuca dio testimonio y su caso no estaba registrado.


Y revisando el pasado, ante las insistentes preguntas de uno de los abogados de la defensa de los genocidas, el Dr. “San Cementerio”, “Lili” trajo a la luz no sólo el pasado militante de su padre sino el pasado represivo remoto de la Brigada de San Justo. “Hoy hace 53 años, un 17 de octubre de 1965, asesinaron a los militantes Mussi, Retamar y Méndez. Eso lo escribe Rodolfo Walsh en el Nº 27 del semanario de la CGT de los Argentinos. Ahí ya denunciaba en el año ’68 el accionar de la Brigada de San Justo en las movilizaciones obreras en La Matanza”. Allí Walsh define al comisario Miguel Etchecolatz como “un hombre sensato, buen observador” porque cuando asumió en los ’60 la titularidad de la Comisaría 1ra de Avellaneda realizó un curso de alfabetización. A favor de Walsh, que fue desaparecido por la última dictadura, se puede decir que en 1968 todavía no asomaba el Miguel Etchecolatz que una década más tarde y como titular de la Dirección General de Investigaciones regentearía los 30 CCD del Circuito Camps, incluida la Brigada de San Justo. Distinto carácter otorga el periodista al entonces comisario de la primera de San Justo, Antonio Recaré, a quien señala como responsable del asesinato de varios obreros en manifestaciones y por hacer habitual en su personal “A) el uso de la metralleta en todos los procedimientos. B) la orden de fuego contra cualquier sospechoso o desconocido que huye. C) la simple ejecución de pistoleros capturados”. Como señaló “Lili”, Walsh rememora los asesinatos de los obreros José Gabriel Mussi, Ángel Norberto Retamar y Néstor Méndez trabajadores Metalúrgicos peronista los primeros, y bancario y militante comunista el último, cometidos por el famoso “Escuadrón Güemes”, pero también apunta los “suicidios” inducidos en los calabozos, y las torturas aplicadas a detenidos que hacen que, según Walsh, “San Justo, en ese sentido, es un lugar inconveniente cuya frondosa historia puede

remontarse a 1957, con el picaneo de los gremialistas Mitjans, Ramos, Rodríguez y Amoroso” (1). Con meticulosa agregación de casos y maestría en el relato Walsh nos muestra con claridad que quien practica tales procedimientos no es un policía sino toda la institución, y va derivando a “la secta del gatillo alegre” en “la secta de la mano en la lata” y “de la picana”. Es todo un desafío animarse a decir que no siguen vigentes.

Para finalizar “Lili” Galeano, cuyo padre no forma parte de las víctimas contempladas en este juicio por defecciones inexplicables de la justicia, se dirigió al tribunal diciendo: “No veo hoy a los responsables de todo esto presentes acá, ni por televisión, aunque están imputados por delitos de lesa humanidad. En La Matanza hay 500 desaparecidos. Del ‘grupo del Oeste’ sólo se han restituido los restos de unos 20 compañeros, entre ellos José Rizzo. Quiero que se haga justicia con cárcel común, no con los genocidas paseando sus perros en las plazas, ni violando las domiciliarias”.




El segundo y último testimonio de la jornada fue el de Aníbal Rubén Ces, militante de la Federación Juvenil Comunista de Lanús que estuvo desaparecido 20 días en la Brigada de San Justo a fines de 1977 junto a su esposa y otros compañeros de militancia.

Ces describió inicialmente el contexto de persecución y secuestros que se vivían en la zona en dictadura. Dijo que antes que él habían sido secuestrados varios camaradas. “No se preocupen porque nosotros no somos organizaciones armadas, pero prepárense” fue la respuesta de los dirigentes del Partido Comunista por entonces. Ces era amigo de Jorge Farsa, también militante comunista de la zona que vivía a 100 metros de su casa, pero para 1977 se había alejado de la militancia y con 24 años encima se había dedicado a terminar sus estudios secundarios. Precisamente la tarde del 9 de diciembre del ’77 venía del secundario para adultos que realizaba en Avellaneda. Quiso pasar por lo de Farsa, pero decidió seguir hasta su casa. Al llegar encuentra un operativo con móviles y hombres de civil y de fajina armados, que estaban dentro de la vivienda, al final del pasillo de acceso. Uno, al que luego reconoció como “Víbora” (Rubén Boan), bajó la escalera de su casa apuntándolo con un itaka, y otro, al que luego reconoció como “Tiburón” (José Antonio Raffo), lo agarró de los pelos por detrás y lo metió adentro. Entonces pudo ver que en la casa estaban sus padres y su mujer, Ana María Expóstio, que tenía 19 años. Luego de revolver todo el domicilio, robarse cosas de valor, cargar los libros que entendían “comprometedores” y ponerle la ametralladora en la cabeza pidiéndole nombres de militantes, fue subido tabicado a una camioneta con cúpula junto a su esposa. En el traslado pudo saber que también estaban allí los militantes Mabel Haideé Rodríguez, desaparecida, y un hombre de apellido Sánchez y apodado “Negro Black” (nadie recuerda el nombre “quizás Oscar”, dijo ces), ambos caso en este juicio. El testigo dijo que con el tiempo pudo reconstruir que ese día habían ido primero a su casa, luego a lo de su suegra, donde secuestraron a su mujer y luego volvieron a su domicilio, donde finalmente lo encontraron. Lo llevaron a la Brigada de Investigaciones de San Justo, pero antes pasaron por la Comisaría 1ra de Lanús. Dijo que al entrar a San Justo sintió el salto del vehículo y el pedregullo que crujía al paso del móvil, y que fue descripto por otros sobrevivientes. Ya en San Justo Ces fue llevado a una oficina del primer piso y fue sometido a un interrogatorio político, donde le preguntaban por nombres de militantes mientras el quemaban los pies con cigarrillos. Tras esto fue llevado a un calabozo donde fue visitado por un médico vestido de ambo profesional y donde uno de los guardias le dijo: “Mejor que hablés. Y olvidáte de los Habeas Corpus, porque acá no existen”. 

Después fue llevado a una sala de torturas donde le dijeron: “Primero te vamos a enseñar a callarte, después a hablar”. Entonces lo torturaron con picana eléctrica y le preguntaban por sus compañeros. “Yo me había retirado de la militancia hacía un año. Había sido responsable del movimiento de masas, y bajaba los informes de la Federación Juvenil Comunista a estudiantes dela UTN y a trabajadores del frigorífico. Pero ya no estaba en nada. ‘Tiburón te sacaba el tabique para torturarte. Para ganar tiempo les dije que era secretario de política. Y ahí pararon”. Entonces trajeron Sánchez (“Negro Black”) y los torturaron juntos. Un represor les dijo que era agente de inteligencia infiltrado en el PC. Entonces les dan la dirección de Sigfried Watzlawik, militante del PC, a quien secuestran y llevan en seguida a la Brigada. El testigo dijo que supo que estaba en la Brigada de San Justo porque se lo dijo “Black”, a quien habían detenido en la plaza central de esa localidad, y porque sobrevolaba una avioneta que emitía publicidad del club Huracán de San Justo. Finalmente entre el 28 y 29 de diciembre del ’77 les dicen que los van a liberar y efectivamente son cargados en un móvil tabicados y llevados hasta La Tablada. Cuando salió fue a ver a los abogados del PC y allí se enteró que habían sido secuestrados Jorge Garra y su esposa Nora Feliz, Jorge Farsa y su esposa Ana Ehgatner, y Eduardo “Jimi” Nieves y su esposa, Norma Martínez. De hecho el sobreviviente dijo que la noche que secuestraron juntos a Farsa, Nieves y sus esposas de la casa del primero, había pasado por allí cuando iba a buscar ropa a su casa desde lo de sus suegros, y los vio horas antes de que se los llevaran.

Además de “Víbora y “Tiburón”, recordó los apodos de otros represores como “El Jefe” que era un segundo de Raffo, “El Panza” que se hacía el bonachón y “Eléctrico”, que los hacía lavar la celda. El testigo realizó en la audiencia el reconocimiento fotográfico de 2 de los represores imputados en el debate: Boan y Héctor Carrera.

Con los testimonios de Galeano y Ces, así como con todos los otros familiares y sobrevivientes que han aportado hasta este momento del juicio, comprobamos que la “secta de la picana” que refería Walsh en 1968 estaba desatada y en pleno auge en 1977.



La próxima audiencia será el miércoles 24 de octubre desde las 12 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.





(1)   Rodolfo Walsh, “El violento Oficio de Escribir (obra periodística ‘53-‘77)”, Ed. Planeta.