El 13 de agosto comenzó en La Plata el juicio por los crímenes cometidos en el Centro Clandestino de Detención de la Brigada de Investigaciones de San Justo. El debate incluye imputaciones a 19 represores por 84 casos, 31 de los cuales corresponde a personas detenidas-desaparecidas. LAS AUDIENCIAS SON LOS MIÉRCOLES DESDE LAS 10 AM EN LOS TRIBUNALES FEDERALES DE LA PLATA, CALLE 8 Y 50. (Se extenderá hasta 2019).

domingo, 7 de abril de 2019

27 DE MARZO: VIGESIMA SEGUNDA AUDIENCIA

CUATRO AÑOS EN LA BRIGADA
Con los relatos de 4 testigos por diversos hechos ocurridos entre 1975 y 1978 continuó el debate por este Centro Clandestino de Detención de la zona oeste del conurbano. Una ex detenida en este CCD en 1975, la esposa de un desaparecido que pasó por el lugar en 1976, una vecina de dos secuestrados en 1977 y un sobreviviente que pasó 2 meses en el sitio en 1978, dieron un completo panorama de la actuación del Terrorismo de Estado antes y durante la última dictadura.

Por HIJOS La Plata



La primer testigo fue EMA DELIA LUCERO, sobreviviente de la Brigada de San Justo tras estar allí recluida antes del golpe de Estado del ’76. Su testimonio completó el relato ya realizado en el debate por Elba Balestri, referido a los operativos realizados en Morón en abril de 1975, donde fueron detenidos más de 26 militantes de distintas organizaciones de la llamada Junta Coordinadora Revolucionaria, y donde actuaron agentes de la Brigada de San Justo en coordinación con militares uruguayos en lo que hoy conocemos como “Plan Cóndor”.
Lucero declaró por videoconferencia desde Rosario y contó que era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Fue secuestrada el 3 de abril del ’75 en su casa de Morón, en calle Balcarce 2647. Dijo que la sacaron de allí con los ojos vendados y su bebé Flavio de 11 meses en brazos. La llevaron una cuadra caminando hasta que la subieron a un auto. Sus otras hijas de 5 y 7 años quedaron en la calle desamparadas. Así la trasladaron en auto con su bebé hasta un lugar que recién una semana después pudo saber que se trataba dela Brigada de San Justo porque se lo comentó otra detenida, Estela Gariboto, que vivía en la zona. En la Brigada fue puesta en una sala con su bebé, pero al poco tiempo se lo quitaron. Luego la llevaron arrastrando hasta otra sala en un piso superior, la arrojaron en un camastro de metal y la torturaron con picana eléctrica mientras la sometían a interrogatorios. Al otro día sufrió cinco sesiones de torturas con la modalidad de submarino y submarino seco. Tras ello, y mientras pedía permanentemente por su bebé, fue sacada de la Brigada en auto, llevada a un predio donde la subieron a un helicóptero y la amenazaron con arrojarla al vacío si no hablaba. Luego la regresaron a la Brigada y la dejaron en un patio aislada. Finalmente la ubicaron con otros secuestrados a los que fue conociendo y supo que había algunos argentinos y un grupo grande de mujeres uruguayas. Así estuvo 15 días con esos detenidos, mientras seguían las sesiones de torturas y amenazas de muerte. Tras esto fue trasladada a la Brigada de Investigaciones de San Martín, donde juntaron a todas las madres secuestradas en aquellos operativos de abril que tuvieran hijos, y donde pudo reencontrarse con su pequeño Flavio. En ese lugar una de las celadoras le dijo que los represores ya habían organizado repartirse a los bebés que estaban allí si las madres no aparecían, y que ella se había quedado con su hijo Flavio. Tras una semana en San Martín un grupo de mujeres secuestradas fueron llevadas sin sus hijos de San Martín nuevamente a San Justo y luego en un ómnibus a la cárcel de Olmos. En ese grupo, además de Lucero estaban Estela Favier de Carpanessi, Clarive Ducassou de Leguizamo, Ana Maria Bereau, Emilia Maria Carlevaro de Rocco, Marta Irene Cardoso de Rodriguez, Carmen Carballo de Gonzalez, Sonia Magdalena Gonet de Quiroga,  Iris Noemi Quiroga Ale de Gimenez, Maria Cristina Olivera Colzani, Maria Emilia Parola Langhain, Marina Rosa Lombardi de Ruckz, Graciela Tadey Henestroza, Marta Edith Lockhar Santillan, Nidia Malvina Calegari de Cacciavillani y Elba Elida Balestri. Luego en Olmos encontró a Circe Bernardette Artigas. También recordó que en Olmos sus compañeras de cautiverio comentaron que en el mismo grupo hubo en San Justo otra mujer detenida de apellido Artigas, cuyo esposo tenía el apellido Moyano. Se trata sin dudas de María Asunción Artigas de Moyano.
Para finalizar la testigo rememoró que estuvo recluida en Olmos desde fines de abril del ’75 hasta septiembre del ’76, cuando fue llevada a la cárcel de Devoto. En Olmos intervino un juez federal de apellido Luque, ante quien declaró las torturas que sufrió, pero nunca se investigaron esos hechos. Sobre su hijo afirmó que tras haberlo visto en la Brigada de San Martín, luego se lo llevaron a Olmos, y finalmente a través de la intervención de un juzgado de menores logró que lo llevaran con su hermana en Rosario.
La testigo finalizó su declaración diciendo “Me solidarizo con todos los torturados en la Brigada de San Justo y de todo el país. Por los asesinados y los 30 mil desaparecidos digo presente! Ahora y siempre”.
La investigación, el juicio y castigo de los crímenes cometidos por agentes de San Justo antes del golpe, como por represores uruguayos que actuaron coordinadamente en la Brigada,  es parte de gran cantidad de hechos aún impunes, parte de la coordinación desde el Estado de la represión desplegada antes del golpe de marzo del ’76.



A continuación se escuchó el testimonio de CRISTINA DEL RÍO, esposa del militante desaparecido Ricardo “Kalin” Chidichimo y testigo presencial de su secuestro en noviembre de 1976. Del Río relató que Ricardo “Kalin” Chidichimo comenzó a interesarse por los temas sociales a partir de su participación en una iglesia de la línea del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, tarea en la que se conocieron con Cristina. Luego él siguió estudiando en la Facultad de Exactas y militando en la JUP. Cristina se puso a trabajar en la Municipalidad de La Matanza e integraba la JTP zonal.
En noviembre de 1976 ya estaban casados, Ricardo trabajaba en el Servicio Meteorológico Nacional, vivían en Ramos Mejía y tenían una niña de 8 meses llamad a Florencia. El 20 de noviembre de 1976 el matrimonio había dejado a la niña en casa de la madre de Cristina porque iban a ir a un casamiento. Volvieron tarde a la casa de Ramos Mejía. Ricardo había bebido un poco y se acostaron. A las 4 de la mañana cayó una patota de entre 8 y 10 represores que rodearon la casa. Unos rompieron la puerta del frente con una barreta, otros se metieron al terreno por los techos. Ricardo y Cristina fueron reducidos, tabicados y separados en distintas habitaciones. Él estaba con un interrogador en el living y ella en una pieza con otro. A Cristina la tiraron en la cama, le pusieron una frazada encima y le dijeron “no te destapes, no mires”. Mientras daban vuelta la casa y preguntaban por armas que no había, los represores encontraron algunos documentos: “¡estos son legales, tienen libreta de casamiento y recibo de sueldo!” dijeron  los genocidas. A continuación les pidieron papeles de la casa y del auto. A Cristina le mostraron una foto de su hermano, militar activo en el Regimiento 7 de La Plata, y le preguntaron si se juntaba con él. También le mostraron material político de Montoneros y como Cristina los desconoció se violentaron al decir “Traé la máquina que le damos acá nomás”. Como conocía los modos del ámbito castrense, Cristina cree que los represores que actuaron en el operativo eran militares. Tras una hora y media de calvario los represores se retiraron llevándose a Ricardo. A Cristina el interrogador le mostró la cara, le dio una arenga diciendo que lo que hacían era por la patria y que iban a volver a buscarla.
Al quedar sola Cristina salió corriendo de la casa y tomó un colectivo a la casa de su hermana, distante a 20 cuadras. La testigo dijo que buscó ayuda para moverse inmediatamente: a través de su suegro, ex oficial de aeronáutica hicieron investigaciones, habló con su cuñado y juntos fueron a ver a su hermano militar, pero les dijo que no podía hacer nada porque él también había sido investigado. Luego recurrió a su otro hermano, y como la familia pensaba que a Ricardo podían haberlo llevado a Ciudadela o Campo de Mayo consiguió una gestión ante el general Jorge Olivera Róvere, segundo comandante del Primer Cuerpo de Ejército, a cargo de la subzona de Capital Federal. Al día siguiente del secuestro de Ricardo se presentó en la casa de Ramos Mejía un enviado de Olivera Róvere, un tal teniente Grau, que interrogó a Cristina y le dijo que Ricardo estaba vivo. Luego la familia consiguió una información de que Ricardo ya estaba muerto, pero perdieron la pista. Más tarde visitaron al capellán militar Emilio Graselli, que confeccionaba fichas de desaparecidos y sus familiares para aportar a la inteligencia represiva. Graselli les mostró una liste de personas en las que estaban discriminados los muertos, desaparecidos o detenidos. También enviaron cartas al ministro del Interior, Albano Harguindeguy, pero no obtuvieron respuesta.
Un tiempo después Cristina recibió la visita de una persona en casa de su madre que dijo ser  y señaló que él era militante del PC, había estado 15 días secuestrado con Ricardo, que estaba bien, que podían pasarlo al PEN y que se sigan moviendo en la búsqueda por la Iglesia. Cristina primero creyó la versión, pero luego sospechó que esa persona era un represor que estaba controlando a la familia. Más tarde otra persona llegó hasta la tía de Ricardo en Lanús, le informó que su hijo había estado detenido con Chidichimo y que se movieran rápido porque lo iban a matar.
Luego la familia se vinculó a los organismos de Derechos Humanos, y la madre de Ricardo, Nélida Fiordeliza de Chidíchimo, se integró a Madres de Plaza de Mayo. Participaban de las reuniones de los organismos en la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y estuvieron presentes en varias de las misas que se realizaban para pedir por sus familiares.
En ese contexto vivieron la operación de infiltración que realizó en 1977 el genocida Alfredo Astiz en Madres, bajo la identidad falsa de Gustavo Niño. Cristina desconfió siempre de esa persona que decía tener un hermano desaparecido en Mar Del Plata. Sobre todo porque una vez Astiz en persona le había preguntado si Ricardo “anda en la joda”, que los desaparecidos “deberán estar todos muertos” y que “algo hacía si está desaparecido”. Otra vez apareció con una secuestrada a la que presentó como su hermana, alzó a Florencia en sus brazos y ofreció a Cristina llevarla a su casa después de la reunión. Ella lo rechazó. La operación terminó con el secuestro de las Madres Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce Bianco, además de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, ocurridos entre el 8 y 10 de diciembre de 1977 en la misa de la Iglesia de Santa Cruz en Capital Federal.
La testigo también relató lo que fue su vida y la de su hija posterioridad al secuestro de su marido. Dijo que en su trabajo en la Municipalidad de La Matanza le dijeron que renuncie o que le escrachaban la libreta cívica como subversiva. “Me quedé sin trabajo, sin marido y sin nada. Estaba sola y de la mano de mi hija”. Contó que sufrieron el rechazo de vecinos y amigos por tener un familiar desaparecido, y que un tiempo después de los hechos consiguió trabajo en un jardín y guardería, donde cruzó a uno de los represores que actuaron en el operativo en su casa vestido de uniforme y realizando un control en la calle. Dijo que a su hija comenzó a contarle lo sucedido con su padre desde los 4 años y que siempre le inculcó la búsqueda de justicia y no de venganza.
Además la testigo relató que la familia terminó de confirmar el paso de Ricardo por los CCD Brigada de San Justo entre su secuestro y fines de noviembre del ’76 y luego por la Brigada de Lanús en Avellaneda o “El Infierno”, gracias al aporte de la ex detenida Nilda Eloy, que había compartido cautiverio con él en el segundo sitio. Agregó que hoy también saben de otros compañeros de militancia de zona oeste que están desaparecidos y pasaron por San Justo como Jorge Congett, Mario Sidotti, Gustavo Horacio Lafleur, Héctor Galeano y José Rizzo, cuyos restos fueron identificados por el EAFF en 2009. Con esos militantes Ricardo estaba armando el Partido Auténtico. Fueron secuestrados, pasaron por la Brigada de San Justo y su caso forma parte de la acusación de este debate.
Al finalizar su testimonio Del Río pidió la continuidad de los juicios a los genocidas para que haya un aprendizaje de lo que sucedió en el país en los años del Terrorismo de Estado.


La siguiente testigo fue MARTA MOYANO, llamada a testimoniar por haber sido mencionada en el debate por la familia de Hermann y Sonia Von Schmeling, padre e hija desaparecidos desde la Brigada de San Justo, como una vecina que en la época de los hechos había ofrecido un contacto militar en la primera búsqueda de estas personas desaparecidas.
Moyano ratificó aquella afirmación y dijo que en los ’70 su marido, Horacio “Cone” Díaz, y ella tenían militancia política cercana a Montoneros. Ella tenía una tarea más restringida a lo barrial porque debía criar a sus 3 hijos. La testigo dijo que de esas tareas conocía a Herman Von Schmeling y a Marcelo “Chelo” Moglie, que compartían el espacio militante y eran vecinos del barrio Villa Udaondo. Además su marido era empleado de la empresa CADECA que gerenciaba Von Schmeling.
Relató que el 8 de octubre de 1976, mientras su marido estaba de viaje por motivos trabajo, sufrió un operativo en su casa donde varios hombres de civil ingresaron, la redujeron, la vendaron y le hicieron preguntas por Hermann y por la sala de primeros auxilios que el militante estaba construyendo con sus compañeros de militancia en el barrio. El compromiso social de su padre y esa experiencia de organización barrial fue ampliamente descripta en el debate por Hermann Von Schmeling hijo. La testigo dijo que la llevaron a marcar una casa mientras otro grupo fue a lo de los Von Schmeling. Luego la devolvieron a su casa y le dijeron que cuando llegara su marido les avisara. Para ello le dejaron un teléfono a nombre de un capitán Torres. Por testimonio de familiares de Von Schmeling se sabe que esa noche llegó un operativo a la casa familiar de Ituzaingó donde varios vehículos y personal uniformado que se presentó como “fuerzas conjuntas”, redujeron al padre, robaron pertenencias de la familia se llevaron a Hermann a la Comisaría 3ra de Castelar, donde fue torturado y tras un mes de cautiverio fue liberado.
Antes de que Moyano llamara al tal Torres los represores se comunicaron y le dijeron “Tenemos a Hermann y a Moglie, falta tu marido”. Entonces los genocidas deciden ir a instalarse a la casa de Moyano a esperar a Díaz. Finalmente Díaz fue detenido y llevado a la Comisaría de Castelar, donde su esposa pudo verlo tras ser llevada coaccionada por los represores. En Castelar Moyano también pudo ver a Cristina Ovejero, alias “Tucu”, militante de su grupo allí secuestrada. La testigo afirmó que supo que todas esas personas detenidas en Castelar, entre ellos su marido, habían sido liberadas.
Moyano dijo también que tras el secuestro de Sonia Von Schmeling, ocurrido el 28 de septiembre de 1977, ella se vinculó a la familia de la joven y ofreció su contacto militar para la búsqueda. Dijo que llamó a Torres, quien la citó en la Plaza Mitre de Morón, y cuando ella le pidió por Sonia le dijo que no sabía nada, aunque dejó entrever que quizás sería liberada. A pedido de la madre de Sonia, Moyano gestionó llevarle a Torres algunas cosas para que le entregaran a la joven detenida. La testigo dijo que hizo esa entrega y que tras verlo 3 o 4 veces más, en un encuentro de octubre del ’77, Torres le dijo que se olvidara del tema y que él tenía que irse a Córdoba. No volvió a verlo nunca más.
Moyano afirmó que para ella el tal Torres era efectivo de la Comisaría de Morón y lo describió como una persona alta, rubio, de tez blanca, de unos 35 años y que se presentaba siempre vestido de civil.
En noviembre de 1977 fue secuestrado Hermann por segunda vez. Moyano dijo que se acercó nuevamente a la familia y al intentar llamar al teléfono que le había dejado Torres la atendió otra persona que le dijo que el detenido “se fue de traslado” y que no llamara más.
En la audiencia 14 de este juicio la cuñada de Hermann, Irma Greus, dijo que Moyano ofreció a la familia sus contactos, no aclaró de qué fuerza, los hizo ilusionar con llevarle algunas cosas a la joven en su lugar de detención y hasta trajo una supuesta nota de Sonia diciendo “mamá, estoy bien”. Al ser preguntada si ella gestionó la entrega de una carta de Sonia detenida a su familia a través de Torres dijo no recordar el hecho.


El último testimonio de la jornada fue el de MIGUEL ISAAC BERENSTEIN, abogado y simpatizante del PCR que estuvo secuestrado 2 meses en la Brigada de San Justo en 1978.
El sobreviviente comenzó refiriendo que tras recibirse de abogado en la UNLP comenzó a trabajar en el año ’74, primero con un colega de La Plata y luego en Capital Federal. Posteriormente trabajó en el área de legales en un sindicato de trabajadores rurales en Marcos Paz y realizaba tareas sociales en el Complejo 17 de Ciudad Evita, La Matanza. Aclaró que tenía simpatía con sectores de izquierda y aunque no era militante estaba cercano al PCR. Vivía en Ramos Mejía con su esposa y su hijo pequeño. Producido el golpe de Estado suspendió estas actividades porque fueron secuestrados el secretario del sindicato y el intendente de Marcos Paz, Oscar Sánchez, junto a su secretario. Berenstein comenzó a presentar recursos de Habeas Corpus por estos y otros casos que le iban llegando, desde su estudio en Morón, ubicado en calle San Martín nº 186. Como abogado había actuado en el reclamo legal por el secuestro de la militante social Cirila Benítez, referente del Complejo 17. Y luego del secuestro de un grupo de personas a la salida de una misa en San Justo donde se pedía por la libertad de Benítez, también interpuso habeas corpus por esas personas. El testigo aclaró que los resultados de los recursos siempre fueron negativos y, como “la justicia no existía”, decidió encaminar el paso de las causas a la justicia penal ordinaria.
Berenstein relató que recuerda bien el día de su secuestro porque tres días antes había nacido su segunda hija y su esposa había salido de la clínica un día antes. El 18 de mayo del ’78, cuando volvía en colectivo desde el trabajo en Morón a casa fue abordado por un Falcon con 3 tipos de civil desde donde le gritaron “¡alto!”. Intentó meterse en una casa pero lo redujeron mientras de cían “¡Acá está el hijo de puta! ¡Vos sos el que anda librando cheques sin fondo!”. Él decía que era abogado, a los que le respondieron “¡qué boludo que sos! ¡Caíste!”. Así lo llevaron atado en el piso del Falcon hasta la Brigada de San Justo donde fue depositado en un calabozo y luego torturado con picana, golpeado e interrogado. Allí estuvo dos semanas con régimen de torturas dos o tres veces por día, y un especial ensañamiento por ser judío. Debió escuchar improperios como “Este es de la sinarquía internacional, de los que se quieren apoderar del mundo” o “¡Sos judío y no tenés plata!”. Así continuó hasta fin de julio, y en una oportunidad los torturadores le hablaron de su esposa y su hija y Berenstein se desmayó de la impotencia y desesperación. Cuando lo reanimaron vino un represor que la jugaba de bueno a decirle que ya sabían que era abogado, y que hablara porque todos sus compañeros ya lo habían hecho.
Aunque en San Justo siempre estuvo recluido solo, pudo comunicarse con otros detenidos, entre ellos Atilio Barberán, que le confirmó que estaba él y otros colaboradores del Complejo 17 de La Matanza, como Jorge Heuman y Amalia Marrón, Norberto Liwski, Francisco García Fernández, Raúl Petruch, Alfredo Manfredi, Elisa Moreno, Aureliano y Olga Araujo y Abel De León. En San Justo Marrón le envió un papel con un mensaje en la comida y Barberán le dijo que en breve iban a ser liberados. Al día siguiente Berenstein fue tabicado, subido a un auto, llevado a un descampado y atado a un árbol. Allí le realizaron un simulacro de fusilamiento y los represores se retiraron. El sobreviviente contó que lejos de significar la liberación, el incidente fue el paso a otra dependencia: llegó un móvil de la Comisaría de Isidro Casanova, lo destabicaron y desataron y se lo llevaron a esa sede. Aún seguía estando desaparecido, porque cuando preguntó por qué lo llevaban no le informaron nada y el Comisario ordenó que lo ubicaran en la celda. A las 72 horas lo llevaron al entrevistarse con el subcomisario, que lo atendió mientras comía y le dijo que ese lugar era una dependencia operacional del Comando del Primer Cuerpo y que estaba a disposición de un Consejo de Guerra. Tras una semana solo pudo tomar contacto con detenidos comunes y le pidió a un vendedor ambulante que si salía visara en su casa que lo había visto. Así fue, aunque le valió una curiosa reprimenda del personal de la comisaría: “¿Cómo sabe tu familia que estás acá? Vos no estás acá”. De Isidro Casanova lo llevaron a revisación médica y luego a Devoto, donde lo visitó su esposa y pudo conocer a su hija. Llegado el momento del Consejo de Guerra, que vivió en paralelo a otros secuestrados en San Justo, se negó declarar y el coronel Vasili, que presidía el tribunal, le dijo que tenían pruebas secretas contra él y que estaba acusado por hechos contemplados en la ley 20.840. Finalmente el tribunal militar se declaró incompetente y su causa fue pasada al juzgado federal del juez Anzoátegui. De Devoto fue llevado a la Unidad 9 de La Plata, donde lo visitó su familia y pudo recibir asesoramiento del abogado Jaime Lipovetzki. El sobreviviente fue finalmente liberado desde la Unidad 9 el 24 de abril del ’79. Lo soltaron a las 3 de la mañana con un papel que decía “Se pone en libertad al delincuente terrorista Miguel Berenstein”. El testigo afirmó que sabía que muchos liberados eran secuestrados a la salida de la U9 o de Devoto, aunque tomó el tren hasta Capital Federal y llegó sin problemas a su casa en Ramos Mejía.
“Aunque yo hubiera sido el peor asesino merecía Justicia” dijo el abogado, y agregó “en total fue un año, pero a mí me pareció que me quitaron varios años de mi vida”. Contó también que mientras estuvo detenido su familia la pasó muy mal económicamente. Su esposa recibió amenazas de muerte y fue obligada a renunciar en su trabajo en el Hospital Posadas. Él estuvo un tiempo sin conseguir trabajo, hasta que un amigo le dio tareas de abogado para empezar a recomponer su actividad. Con su esposa decidieron mudarse a San Bernardo, donde sufrió entre fines del ’79 y hasta 1980 el seguimiento de agentes que se le acercaron, se identificaron como integrantes del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) y le dijeron “queríamos ver cómo estabas”.
Para finalizar el testigo reflexionó “lo que se hizo fue un verdadero genocidio, por eso pido Memoria, Verdad y Justicia. Y esto que está sucediendo acá es producto de los años de lucha de los organismos de Derechos Humanos”.
En los cuatro relatos de esta audiencia se vieron reflejadas las experiencias vividas por diversos militantes sociales en cuatro años que van desde la represión ejercida por el tercer gobierno peronista en 1975 hasta los peores años de los grupos de tarea de la última dictadura. La Brigada de San Justo actuó en todo ese período, que es mucho más amplio de lo que este juicio tardío y fragmentado incluye como casos.
La próxima audiencia será el miércoles 10 de abril desde las 11 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

martes, 19 de marzo de 2019

13 DE MARZO: VIGÉSIMA PRIMERA AUDIENCIA

DESTINO INCIERTO
 
Con el testimonio de la hija de un militante barrial de La Matanza desaparecido en abril de 1976  continuó el debate por uno de los centros clandestinos más grandes de la zona oeste. Carolina Chamorro contó que hay sobradas sospechas de que su padre Gerardo Chamorro estuvo en la Brigada de San Justo, pero a casi 43 años del secuestro no se ha podido determinar su destino.
 
Por HIJOS La Plata
 
Aunque había programados otros testigos, el único testimonio que se escuchó en la audiencia 21 fue el de CALIXA CAROLINA CHAMORRO, hija del militante barrial Gerardo Chamorro desaparecido el 20 de abril de 1976 tras ser secuestrado de su casa en La Matanza. Carolina contó que al momento de los hechos ella tenía 2 años y su hermano Gerardo (h) 3 años y medio. Vivían con sus padres y su abuela paterna en uno de los monoblock complejo habitacional 19 del barrio Villegas de La Matanza, al sudeste de San Justo y lindante con el cementerio local.
La testigo relató que conoce los hechos por relato de su madre, Pabla Isidora Quiñones. Ella le contó que la noche del 20 de abril del ’76 su abuela escuchó que su padre venía a su casa e iba subiendo las escaleras del monoblock hacia el departamento, ubicado en el segundo piso. Pero en ese momento Gerardo fue abordado por una patota y secuestrado. La familia no pudo ver ningún detalle del operativo, pero por los dichos de una vecina de planta baja supieron que había actuado un grupo de hombres de civil en un auto, que se llevaron a Gerardo mientras él  pedía que lo dejaran porque tenía familia. “A partir de ese momento nunca supimos más nada de mi papá” sentenció Carolina. Agregó que la vecina testigo del hecho no quiso prestar testimonio judicial por miedo y luego se mudó y perdieron el contacto, aunque sabe que falleció.
A partir de ese momento fue su madre la que, comenzando por el debido Habeas Corpus, realizó las gestiones para tratar de averiguar algo. Por un familiar de su padre, y vecino del complejo habitacional 18 de la zona, supieron que una persona que había salido de estar detenido en la Comisaría 48 de Lugano dijo que había visto a Gerardo allí detenido y que le había pedido que si era de La Tablada avisara a la familia que estaba ahí y “que se muevan porque me trasladan de comisaría en comisaría”. Así su madre fue a la Comisaría 48 y le reconocieron un “Gerardo Chamorro de Villegas”, pero que no estaba allí y que fuera a la comisaría de su zona. Entonces fue a la 9na de Ciudad Evita, donde le negaron todo y le recomendaron que fuera de nuevo a la 48. Ese fue el único y último dato que la familia tuvo de Gerardo, que hasta hoy continúa desaparecido.

Carolina relató que sus padres son ambos paraguayos, de origen humilde, y que habían venido de muy jóvenes al país buscando un futuro. SU papá era yesista y azulejista, y para el año ’73 vivía en un barrio de la comunidad paraguaya en Villa Dominico.  Luego se juntó con otros vecinos y comenzaron a organizarse para conseguir un mejor pasar con una mejor vivienda. Así fue como la familia se mudó al monoblock 19 de Villegas. Allí Gerardo continuó con la militancia barrial, fue elegido delegado de su monoblock y coordinaba reuniones con otros delegados de los complejos 4, 5, 6, 17 y 18 de la zona. La testigo dijo que su madre recuerda que una de las personas que se juntaba en su casa con Gerardo era Aureliano Araujo, esposo de Cirila Benítez, ambos referentes sociales del complejo 17, que como ya han narrado varios testigos y sobrevivientes en el debate sufrió especialmente la represión del Terrorismo de Estado. También habló del médico y sobreviviente de San Justo Norberto Liwski, que realizaba tareas sanitarias de base en el complejo 17, coordinaba actividades con Gerardo y según Carolina ayudó mucho a la familia después del secuestro de su padre.
 
Carolina afirmó que conoce la Brigada porque “San Justo es el punto de reunión, el lugar administrativo donde una siempre realizaba trámites. Yo soy docente y siempre asistía a los actos públicos a una escuela que queda en frente a la Brigada, en calle Salta entre Arieta y Almafuerte, atrás de una escuela privada y atrás de la Comisaría 1ra de San Justo”. LA testigo afirmó que fue a la señalización de la Brigada como Centro Clandestino y que “siempre supe que ese lugar funcionó como centro clandestino porque era un tema que salía en espacios de reunión”. Supo que allí estuvo Amalia Marrón, que colaboraba con talleres para chicos en la zona, Aureliano Araujo, Cirila Benítez y también Ismael Zarza “vecino de La Matanza que tuvo varias reuniones con mi papá”. La testigo agregó: “Siempre traté de ver cuáles eran los posibles lugares a los que habrían llevado a las personas secuestradas que residían en La Matanza. Y entendí siempre que quizás en ese lugar estuvo mi papá”.
Finalmente Carolina agregó que su madre le contó que semanas antes del secuestro de su padre había ocurrido un episodio en el que un grupo de policías habían subido al tercer piso del monoblock de su familia a preguntar a un vecino por el nombre de su papá, y habían revuelto toda la casa y se habían llevado cosas”. Ante ello su madre le dijo a su padre que tenía miedo de lo que pudiera pasar, y este le prometió que cuando terminara un trabajo se iban a ir a Misiones. El viaje no llegó a concretarse porque la patota llegó antes a secuestrarlo.
La situación de la familia Chamorro es la de muchos familiares de militantes desaparecidos de la zona oeste, que a 43 años del golpe genocida no han recibido de parte del Estado una investigación acabada que determine el destino de sus familiares. O que, como muchos otros, aun habiendo determinado el paso de las personas secuestradas por la Brigada de San Justo no forman parte de este debate como caso y la desidia judicial pretende que sigan esperando justicia.
Para finalizar su relato Carolina Chamorro exigió “que las personas que están a cargo de tomar decisiones sobre los responsables de cometer estos delitos tan crueles, tengan en consideración todas estas situaciones. Y también que se desafecte la Brigada de San Justo y sea definitivamente un lugar que lo recuerde como centro clandestino. Todavía tengo la esperanza de saber dónde estuvo mi papá”.

La Comisaría 48 de Lugano fue el último lugar donde se vio con vida a Gerardo Chamorro en dictadura. Hoy la dependencia es responsable de parte de la represión en democracia en la zona sur de CABA: tiene en su haber varios casos de gatillo fácil y una historia de razzias, causas fraguadas y otras acciones ejemplares.
 
La próxima audiencia será el miércoles 20 de marzo desde las 11 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

martes, 12 de marzo de 2019

27 DE FEBRERO: VIGÉSIMA AUDIENCIA

LA BRIGADA EN EL TERCER GOBIERNO PERONISTA
 
El testimonio de una sobreviviente de San Justo, confinada allí por casi un mes en Abril-Mayo de 1975, fue una muestra del accionar represivo clandestino en esa sede de la Dirección de Investigaciones en el conurbano oeste durante el tercer gobierno peronista. Y confirmó que la coordinación represiva del Plan Cóndor para entonces ya funcionaba en plenitud.  
  
Por HIJOS La Plata
 

La vigésima audiencia del debate tuvo una sola testigo, la sobreviviente ELBA BALESTRI, que estuvo casi un mes recluida en la Brigada de San Justo tras ser secuestrada el 4 de abril de 1975 en casa de una compañera en Morón.
La testigo relató que por entonces estaba embarazada y con su compañero militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). El 4 de abril del ’75 fue por la mañana a la casa de su compañera Ema Lucero, en calle Balcarce 2647 de Morón, junto con el militante Sergio Pra. Al llegar al lugar, cercano a la base aérea de Morón, fueron sorprendidos por un operativo de hombres de civil armados que primero ametrallaron la vereda desde el techo de la vivienda para amedrentarlos y luego los entraron a la casa, los tabicaron y los esposaron. Una vez adentro pudieron ver que el domicilio estaba dado vuelta y había muchos represores dentro. Tras media hora de estar tirados en un colchón fueron subidos en un auto y tapados con una colcha. En el trayecto Elba escuchó que los genocidas dijeron “: Les va a pasar lo mismo que al ‘Capitán’”. Posteriormente ella dedujo que se referían a Alberto Munarriz, secuestrado en noviembre del ’74 en Buenos Aires, llevado al CCD Puente 12 y que continúa desaparecido, a quien sus compañeros apodaban “Capitán”.
Balestri recordó que al llegar a un determinado lugar fue subida por una escalera y llevada a una sala con una camilla donde 3 represores comenzaron a interrogarla e insultarla. Luego la torturaron con picana eléctrica y preguntaban su nombre de guerra y datos de sus compañeros. Ella tenía el documento de identidad en la cartera, con lo que no entendía por qué insistían con la identificación. Les daba su domicilio de la provincia de Córdoba y no le creían. “¡Vos sos uruguaya!”, le decían. Además Balestri notó que los interrogadores no tenían acento porteño, y uno se acercó en un momento y dijo “Esta no es nuestra”. A partir de allí la tortura la continuaron otros represores propios del lugar. Elba pedía por favor que pararan y la atendiera un médico por su embarazo. Aun así continuaron con la picana. La testigo afirmó que en esas circunstancias pudo escuchar que también estaban siendo torturados allí su compañero Sergio Pra y el dirigente de la JP Juan Carlos Dante Gullo. Tras un día de tormentos Elba fue puesta sola en una habitación donde intentó recuperarse. Al recobrar fuerzas logró desatarse, inspeccionar el lugar y pensó en escapar: abrió una puerta, vio una escalera que bajaba, una venta que daba a un patio, pero estaba enrejado, por lo que decidió abandonar la idea. Luego de esto la fotografiaron y le tomaron una declaración. Y tras un par de días la llevan a una habitación grande con otras mujeres. Allí encontró a su compañera Ema Lucero, que le confirmó que estaba en la Brigada de San Justo. Juntas pudieron hacer el recuento de las personas detenidas y dedujeron que había habido varios operativos entre fines de marzo y comienzos de abril en Morón, La Matanza, San Martín, Ciudadela e Ituzaingó, que había un grupo de una veintena de uruguayos secuestrados y que Elba, Pra, Lucero y Ramón Merani, todos argentinos, habían sido los últimos en caer.

La cadena de caídas se había iniciado en Uruguay con la detención en Paysandú del militan del MLN Tupamaros  que tenía su esposa y su hermana viviendo en San Justo. Por eso en los interrogatorios y torturas de todo este grupo de detenidos participaron agentes uruguayos, entre los cuales se identificó al Mayor José “Nino” Gavazzo.  Balestri recordó que en un momento los represores vinieron a buscar a la celda a las militantes uruguayas Emilia Carlevaro y Marina Lombardi y las devolvieron torturadas por agentes uruguayos.
La lista completa de los detenidos en estos operativos es la siguiente:
Uruguayos: Estela Favier de Carpanessi , Clarive Ducassou de Leguizamo, Ana María Bereau, Roque Mario Carpanessi Nadal (esposo de Estela Favier), Luis Miguel Datena Arias, Emilia María Carlevaro de Rocco,  Marta Irene Cardoso De Rodríguez, Carmen Carballo de González, Fernando González Petraglia (esposo de Carmen Carballo), Sonia Magdalena Gonet Maino de Quiroga, Iris Noemi Quiroga Ale de Gimenez, Maria Cristina Olivera Colzani, Abel Ramon Acuña Aggero, Maria Emilia Parola Langhain, Andrés Felix Cultelli Chiribao, Marina Rosa Lombardi de Ruckz, Graciela Tadey Henestroza, Marta Edith Lockhart Santillán, Nidia Malvina Calegari de Cacciavillani, Adolfo Campbell  Martinez, Hugo Maria Wilkins, Circe Bernardette Artigas, María Asunción Artigas Nilo, Alfredo Moyano Santander (esposo de María Asunción) y Enriqueta Santander de Moyano (madre de Alfredo); chilenos: Mónica María Inés Lucero, Ledda Giglia de Felippi y Cesar Dante Lopez; y argentinos: Elba Elida Balestri de Abdon, Ema Delia Lucero de Ivaldo, Flavio Ivaldo (bebé de 11 Meses, hijo de Ema delia Lucero), Ramon Pablo Merani, Susana Noemi Perez de Merani  (Esposa de Merani) y Sergio Pra. La mayoría de estas personas fue luego blanqueada como detenidos legales y liberados. Fue una avanzada sobre la coordinación política que venían llevando adelante, formalmente desde noviembre de 1974, 4 organizaciones político militares del cono sur: el MLN Tupamaros de Uruguay, el PRT de Argentina, el MIR chileno y el ELN boliviano.
Tras un tiempo en esa situación, un día se presentó el entonces jefe de la Brigada de San Justo, el comisario Virgilio Brito y les dijo que a partir de entonces no los iban a torturas más. Brito cumplió funciones como jefe de la dependencia entre octubre del ’74 y enero del ’76, bajo órdenes del Director General de Investigaciones Ignacio García.
La testigo Balestri dijo también que por propia iniciativa buscó y encontró registros de la causa que armaron contra este grupo de militantes, que se encuentra archivada en los tribunales de San Isidro. Allí figuran los nombres del todo el personal de la Brigada de San justo que participó del operativo. También ofreció sumar a la causa copia de una nota aparecida en el diario La Prensa sobre el operativo. En su edición del 11 de abril de 1975 el diario La Prensa tituló “Desbaratóse una poderosa organización subversiva” e informó que “la jefatura de policía informó anoche” sobre el operativo, donde fueron detenidos 21 uruguayos y 4 argentinos. En verdad la información fue publicada por el diario de la familia Gainza Paz seis días después de los operativos, con fotografías de personas que a en ese momento estaban confinadas clandestinamente en la Brigada de San Justo y estaban sufriendo torturas. El diario transmitía sin reveses que la policía definía el accionar como “uno de los más importantes contra la subversión apátrida”. Era un anticipo, en un gobierno constitucional, del rol que cumpliría el medio como vocero de las Fuerzas Armadas en plena dictadura. La Prensa también informaba por esos días que el jefe de la bonaerense, comisario Enrique Silva, participaba personalmente de estos operativos junto al Director de Seguridad, comisario José Arrojo Fernández.

Reflexionando sobre aquellos sucesos, la testigo Balestri dijo que “no tengo dudas de que la Brigada de San Justo se utilizó para prácticas ilegales del Terrorismo de Estado que se desarrollaban como implementación del ‘Plan Cóndor’. Sobre estos hechos nunca se investigó nada. La impunidad sobre estos hechos alienta que vuelvan a repetirse. Eso fue en San Justo en el año ’75 y quedó claro el ’76 el uso de esos lugares oficiales como centro clandestino”.
Balestri afirmó también que en la Brigada el médico de policía que examinó a las detenidas en la Brigada de San Justo fue Jorge Bergés, quien inexplicablemente no forma parte de esta causa pese a haber varios testimonios que lo mencionan actuando en esa dependencia en el período que abarca este debate.
Balestri concluyó su testimonio refiriendo que a fines de abril del ’75 fue trasladada de San Justo a la cárcel de Olmos, donde dio a luz en septiembre de aquel año. Luego fue llevada para un interrogatorio a Devoto y devuelta a Olmos. Finalmente salió en libertad en 1983.
 
Ya en la sexta audiencia de este mismo debate, la perspectiva que abrió Balestri sobre la coordinación de la represión con agentes extranjeros antes del golpe había sido puesta de manifiesto por MARÍA VICTORIA MOYANO ARTIGAS, nieta restituida e hija de los militantes detenidos desaparecidos Alfredo Moyano y María Asunción Artigas, perseguidos en Uruguay, secuestrados en San Justo durante el tercer gobierno peronista y finalmente desaparecidos durante la última dictadura. Moyano dijo que el seguimiento de la familia Artigas lo hacía personalmente José "Nino" Gavazzo Pereira, integrante del Servicio de Información y Defensa (SID) del Ejército uruguayo y activo agente del Plan Cóndor, que como tal estuvo al frente de Automotores Orletti y es responsable directo, entre otros crímenes de lesa humanidad, de la desaparición forzada de 140 uruguayos en la Argentina. Además Moyano mencionó que por una investigación propia pudo determinar que ya en el año ’74 hubo 5 militantes uruguayos detenidos en San Justo, que por allí pasó Amaral García Hernández (hijo de militantes tupamaros secuestrados en Capital Federal apropiado en 1974 y restituido en 1985), y que en el ’75 fueron detenidos en la Brigada 26 militantes uruguayos y 5 militantes argentinos del ERP en un denominado “Operativo Dragón”. De hecho en marzo o abril del ‘75 los padres de Victoria fueron secuestrados por policía bonaerense junto a su abuela paterna, Enriqueta Santander, en Capital Federal. Los tres fueron llevados cuatro días a la Brigada de San Justo e interrogados por personal de inteligencia uruguayo, hecho que declaró su abuela en la causa Camps Nº44 de la década del ‘80. Moyano también aportó que este accionar conjunto de fuerzas de seguridad argentina y de inteligencia uruguaya está documentado en información desclasificada del Estado uruguayo, entre ellos el Memorandum I-09 del ’75, que pidió sea agregado a esta causa.  “Ese fue el accionar de la Brigada de San Justo en el ’74 y ’75”, dijo Moyano y agregó lo que a esta altura es evidente: “en este juicio lo que se está investigando es una pequeña porción de lo que sucedió en este centro clandestino, que lejos de ser un ‘centro de registro de detenidos’ ya estaba interviniendo en lo que se denominó ‘Plan Cóndor’, que siempre se dice que fue la coordinación represiva entre las dictaduras del cono sur, pero ya en el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón no sólo intervino la Triple A sino que intervinieron de manera conjunta fuerzas armadas uruguayas y fuerzas de seguridad argentinas en comisarías. Y para hacer todo esto tenía que estar en conocimiento el Poder Ejecutivo con todos sus ministros, y la justicia cómplice que blanqueaba la situación de secuestro y tortura”.

La investigación, el juicio y castigo de los crímenes cometidos por agentes de San Justo antes del golpe, como por represores uruguayos en la Brigada no es una tarea imposible. Sucede que la voluntad de la justicia argentina para revisar los delitos de lesa humanidad cometidos durante el tercer gobernó peronista es aún morosa y selectiva. En Uruguay el represor “Nino” Gavazzo acaba de ser procesado por el fiscal Ricardo Perciballe junto a otros represores por el caso de los hermanos Anatole y Victoria Julien, secuestrados en septiembre de 1976 en Buenos Aires junto a sus padres, y trasladados de Argentina a Chile por oficiales uruguayos en el marco del Plan Cóndor. La responsabilidad de funcionarios del tercer gobierno peronista en los más de 1.000 asesinatos cometidos entre 1973 y 1976 es hoy innegable, así como la persecución, la cárcel, la tortura y el exilio de miles de militantes opositores al régimen. Ya es hora de discutir a fondo la coordinación desde el Estado de la represión desplegada antes del golpe de marzo del ’76.
 
 
La próxima audiencia será el miércoles 13 de marzo desde las 11 hs (el miércoles 6 no hay audiencia). Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

jueves, 7 de marzo de 2019

20 DE FEBRERO: DÉCIMO NOVENA AUDIENCIA

LOS “CABARETEROS” EN ACCIÓN
 
Con los testimonios de cuatro sobrevivientes de la Brigada continuó desarrollándose el debate por uno de los Centros Clandestinos más grandes del conurbano oeste en dictadura. Dos militantes del Partido Comunista de Lanús y dos médicos que fueron parte de la experiencia de organización barrial en La Tablada describieron los secuestros y torturas sufridas en la dependencia de La Matanza.
 
Por HIJOS La Plata
 
El primer testimonio fue el de NORA FELIZ, en los años ´70 militante de la Federación Juvenil Comunista junto con su esposo Jorge Garra. La pareja vivía en Lanús y Nora militaba repartiendo la prensa del partido. Estudiaba derecho en la UBA, trabajaba en una cooperativa de crédito en Valentín Alsina, y desde que había tenido un hijo se había desvinculado un poco de la actividad militante.
Ya para el año ’77 habían  experimentado los secuestros de varios compañeros de la zona por lo que Nora y Jorge decidieron abandonar su departamento y alternar entre la casa de los padres de ambos. El 30 de diciembre del ’77, a las 7 de la mañana, llegó un operativo a la casa de los padres de Nora en Sarandí. La sobreviviente recuerda la fecha porque era el último día hábil del año y tenía que realizar tareas de balance en el trabajo.  En la casa estaba  la pareja con su hijo y la madre de Nora. El padre, que revistaba como músico en la banda de la Policía Bonaerense, había salido a cumplir sus tareas. Del grupo de tareas que actuó ese día Nora recuerda especialmente a un represor que tenía voz de mando, alto de bigotes, vestido con bombacha de fajina y borceguíes y con un arma larga. Nora pidió vestirse, ya que todavía estaba con ropa de cama, y los llevaron a ella y su esposo. Los pusieron en el piso de un Torino blanco. El viaje duró unos 40 minutos, y Nora recuerda que el chofer iba cantando una canción de Los Pasteles Verdes.
Al llegar a la Brigada de San Justo el vehículo ingresó a un estacionamiento y separaron a Jorge. A Nora la llevaron tabicada a una sala donde había otra gente tirada en el piso. Un represor le preguntó su nombre y le dio un golpe. “Ésta a la parrilla”, ordenó. Entonces fue llevada a una sala donde la depositaron en una cama, la desnudaron, la ataron y la torturaron con picana mientras le preguntaban nombres de sus compañeros. Luego la llevaron a una celda individual, de la que recordó que tenía escritos de los presos en las paredes. También recordó que la dependencia tenía un pasillo con otros calabozos,  un baño al fondo y un patio con techo de rejas. Feliz sufrió varias sesiones de tortura, y en una de ellas trajeron a su esposo para que viera cómo la sometían: lo pusieron encima de ella para que le llegara la conducción de la electricidad.
En su cautiverio Nora comenzó a familiarizarse con los apodos con que escuchaba que se llamaban entre sí los represores: “Eléctrico”, que era el guardia del calabozo, “Jirafa” y “El Jefe”. También escuchó a un grupo de mujeres que cantaban y supo que habían sido detenidas en algún boliche nocturno de copas en Remedios de Escalada. Sobre el régimen de detención la testigo dijo que les daban de comida un mondongo verde y a veces los llevaban al baño. En una de esas salidas pudo ver a su esposo en el pasillo, porque el “Eléctrico” les quitó momentáneamente a ambos los tabiques para que se reconocieran.
Sobre la actuación de personal de inteligencia, la testigo afirmó que en una ocasión escuchó un interrogatorio a un detenido en el patio de la dependencia, al que sindicaban como contrabandista de armas en un camión. A ella la llevaron a una oficina del primer piso en presencia de “El Jefe”, le mostraron fotos suyas amamantando a su bebé e insistieron con las preguntas sobre su actividad política.
Tras dos semanas de calvario, la noche del 13 de enero del ’78, a Nora le devolvieron su anillo de casada y la liberaron junto a su esposo en la avenida Roca de Pompeya. Luego con su esposo comentaron lo sucedido con otros compañeros y llegaron a la conclusión que habían estado en la Brigada de San Justo. También reconstruyeron que la noche anterior a su secuestro los genocidas habían pasado por el departamento de la pareja y por la casa de los padres de Garra, donde habían levantado a los cuñados, para terminar secuestrándolos a ellos.
“Más allá de la tortura me afectó mucho la pérdida de mi trabajo en la cooperativa, donde realizaba tareas sociales y culturales, y para mí era como una militancia. Por esta situación se me venció la cursada de Derecho y perdí la regularidad. Me sacaron el horizonte”, dijo la sobreviviente. En esa situación se aferró a su hijo y consiguió otro trabajo para poder sobrevivir. “Cuando volví mi hijo me rechazaba porque pensaba que lo había abandonado”, cerró la testigo para ilustrar el efecto que la represión dejó en su familia.
 
A continuación se escuchó a JORGE GARRA, esposo de Nora Feliz y militante de la “Fede” como se conoce popularmente a la rama juvenil del Partido Comunista. Garra contó que en los ’70 era secretario de la “Fede” de Avellaneda y, tras el golpe de estado, en el partido había una política de continuar las actividades en los locales habituales “para dar la sensación de legalidad” de lo que se hacía.  De hecho contó que él iba todas las semanas al local de Avenida Pavón en Avellaneda y trataba de sostener algunas actividades.
Así, la mañana del 30 de diciembre del ’77 Garra fue secuestrado con su mujer en la casa de sus suegros. EL grupo lo formaban 4 o 5 represores en dos autos. Tras tabicarlos y llevarlos en un Torino blanco los ingresaron a un lugar del que él vislumbró un portón de chapa oscuro que se abría y un garaje amplio. Allí ni bien ingresó lo recibieron con un “loco”, es decir ponerlo en el centro de un grupo y marearlo a empujones, patadas y piñas. Luego lo llevaron a la sala de torturas y lo picanearon sobre un colchón mojado. Le preguntaban nombres y direcciones y especialmente su nombre de guerra. “Me di una estrategia de no hablar” señaló Garra, “sabía por otros compañeros que hablar no era negocio. Si uno daba un nombre o una dirección era para seguir siendo castigado por más nombres y más direcciones”. Ello le costó 4 días de celda aislada y duras sesiones de picana y “submarino”. Al cuarto día lo llevan de la picana directo por un patio a una celda grande tipo taller con ventanal de vidrio y le dicen “no te hagás matar, hablá”. Luego de ello lo dejaron en la celda individual a dos tabiques frente al baño, hasta que un día escuchó que había un revuelo en la dependencia porque había cambiado la jefatura de la Policía bonaerense de Ramón Camps a Ovidio Pablo Ricchieri. Garra deduce que por eso lo sacaron de donde estaba por unas horas, por si había una inspección sin aviso. En una de las sesiones de tortura participó un médico que realizaba el control de su estado para que siguieran torturándolo. El sobreviviente recuerda que el médico les enseñó a los otros represores un método para que constataran si podían continuar los tormentos apretando un testículo a la víctima, y si reaccionaba tenían vía libre. Otro día Garra escuchó desde su celda que dos represores dijeron “éste al COT no le interesa”. En ese momento no sabía a qué se referían, y mucho después supo que se trataba del Comando de Operaciones Tácticas que coordinaba la represión.
Un día antes de liberarlo lo llevaron tabicado al patio a un interrogatorio con dos represores de civil que le preguntaban por sus posiciones políticas y por la estructura del partido. El sobreviviente los sindica como personal de inteligencia porque “sabían que yo no era un perejil y tenían lenguaje político específico”. Allí vivió un episodio en el que lo destabicaron y le mostraron a un camarada que estaba secuestrado y muy torturado: era José Sánchez, apodado “Negro Black”, que según otros detenidos del PC había sido detenido a fines del ’77 y había cantado a varios compañeros.
Garra recordó que el día que lo liberaron lo llevaron al primer piso de la dependencia y un comisario le dio una charla y le informó que lo soltaban. Así fue que le devolvieron sus pertenencias, lo juntaron con su esposa y los llevaron tabicados hasta Pompeya. Tras salir realizó una denuncia de lo sucedido en la Comisaría 4ta de Sarandí. Para entonces ya había revisado la sucesión de hechos y conocía los secuestros y paso por Brigada de San Justo de sus camaradas Jorge Farsa, Ana Ehgartner, Eduardo “Jimi” Nievas, quienes ya testimoniaron en el debate, y Mabel, una militante y vecina de su barrio. También había reconstruido el operativo en casa de sus padres, horas antes de su secuestro, donde habían levantado a sus hermanos Oscar y Francisco y a su cuñada, que fue liberada esa misma noche. Su hermano Osca fue liberado con Ana Ehgartner el 3 de enero del ’78.
 
El tercer testimonio de la jornada fue el de RAÚL PETRUCH, médico y colaborador del activismo barrial que se había desarrollado en los ’70 en el Complejo Habitacional 17 de La Tablada, partido de La Matanza, donde fueron secuestrados una docena de militantes barriales.
Petruch contó que trabajaba como médico en dependencias de González Catán y Virrey del Pino y también para el municipio de La Matanza, en una dependencia ubicada a una cuadra de la Brigada de San Justo. El 26 de marzo del ’78 había concurrido a la misa que se celebró en San Justo por la liberación y contra la expulsión de Cirila Benítez, detenida hacía 2 años, esposa de Aureliano Araujo, y ambos referentes barriales del Complejo 17 de La Tablada.  El testigo rememoró que a la salida de la actividad estaba con su compañera Elisa Moreno y a la cuadra y media de la iglesia fueron interceptados por un grupo de civiles armados en un auto. Los redujeron, los metieron en el vehículo y los llevaron a un lugar del que recuerda que al ingreso había un garaje con piso de pedregullo. El detalle fue narrado en el debate por otros sobrevivientes de la Brigada de San Justo. Petruch dijo que fue ingresado a la Brigada, llevado a una sala y torturado, sobre lo cual no quiso dar más detalles porque, afirmó, ya lo declaró en ocasiones anteriores en la causa “Camps” o 44.
El sobreviviente dijo que le preguntaban por su actividad política, ya que había pertenecido al PCR. Dijo que identificó el lugar donde fue torturado como la Brigada de San Justo porque trabajaba a una cuadra, y porque antes de su secuestro había sufrido un hecho curioso en el que varios efectivos de la Brigada fueron a la casa  de su padre y se llevaron una foto de él, siendo que en la primera sesión de torturas los represores le mencionaron a su padre y a su primo, que era funcionario judicial. El testigo recordó a algunos de los represores de San Justo como “Tiburón”, “Víbora”, “King Kong” y “Rubio”.  Describió los lugares de confinamiento de la Brigada como un pasillo con cinco grupos de celda a cada lado, un patio de techo enrejado, y una ventana que daba a una sala superior donde se realizaban los interrogatorios.  A él lo ubicaron primero solo. Luego lo sacaron y llevaron a una celda con Amalia Marrón y Jorge Heuman, a quienes conocía de la experiencia barrial en La Tablada, para que “curara” a Marrón de las heridas de la tortura. Petruch definió la situación como falta de todo profesionalismo porque no podía darle a la víctima más que agua. Entonces fue que llegó a la celda un médico policial que quiso canalizar a Marrón sin el menor cuidado higiénico. Como él criticó el procedimiento mandaron a traer medicamentos para la detenida, y cuando llegó el envío pudo saber la identidad del  médico represor porque su nombre figuraba en la receta: era Jorge Héctor Vidal, imputado en este juicio.
Además el sobreviviente recordó que una noche recibieron colchones y les dijeron que los iban a trasladar a Banfield. En una oportunidad se vivió otra situación excepcional: bajó un helicóptero con alguna alta autoridad policial o militar que visitó el lugar y a la que los represores llamaban “el 1-1-1”. Sin embargo el traslado a Banfield se frustró y Petruch fue llevado en camioneta a la Comisaría de Laferrere junto con  los médicos Jorge Heuman, Norberto Liwski, Francisco García Fernández y otros. Allí fue puesto a disposición del Pen, aunque los represores de San Justo, en particular “Víbora” y “Tiburón” seguían realizando “visitas” a la dependencia y decidiendo sobre los detenidos. A él lo amenazaron con que no los llegara a cruzar en la calle y le hicieron firmar una declaración falsa. Dijo que los efectivos de la comisaría le decían “Los Cabareteros” a los de la Brigada, porque realizaban operativos en boliches para obtener informaciones. En Laferrere vivió la llegada de otros detenidos que venían de San Justo como Rafael Chamorro, Juan Rodríguez, apodado “El Chileno”, Abel de León, Amalia Marrón y Elisa Moreno. También pudo recibir a su familia y desde allí lo llevaron a un Consejo de Guerra donde utilizaron aquella declaración fraguada que le obligaron a firmar. Luego, en agosto del ’78, fue llevado a Devoto, pasó por la Unidad 9 de La Plata, por Rawson y recibió la libertad vigilada en marzo de 1982.
El sobreviviente afirmó que presenció una inspección ocular que se hizo hace un tiempo en la Brigada, hoy sede de la DDI La Matanza, y notó modificaciones en el lugar, aunque reconoció una escalera caracol y el patio enrejado tal cual los había visto en los ’70.
Para cerrar su testimonio, que por momentos fue bastante reticente, dijo que pediría “no declarar, si me pasara algo parecido, después de 41 años. Creo que el pueblo argentino se merece que la justicia trabaje rápido y tener una respuesta ante todas las adversidades que tenemos. Mi único deseo es que esta causa termine rápido y se sepa lo que ha ocurrido en este país”.
 
El último testimonio de la jornada fue el de FRANCISCO MANUEL GARCÍA FERNÁNDEZ, al igual que Liwski, Heuman y Petruch, médico y colaborador de la experiencia de organización barrial del Complejo Habitacional 17 de La Tablada.
El testigo relató que se había recibido de médico en la UNLP, con especialidad en pediatría. Trabajaba en el Centro Médico Gallego, junto a Hilda Ereñú, por entonces esposa de Norberto Liwski, quien a su vez había sido compañero de la Facultad del testigo. Francisco tuvo una experiencia de trabajo en un dispensario barrial en Ciudad Oculta, donde un grupo de vecinos se organizó para la ocupación del Complejo de viviendas N º 17 de La Tablada. Así los referentes sociales Aureliano Araujo Y Cirila Benítez lo invitaron a crear una sala en el nuevo barrio. Allá fue como voluntario y armó el dispensario con sus compañeros Liwski y Jorge Heuman. El testigo describió aquella actividad como “atención de baja complejidad en territorio, conociendo de cerca las dificultades de la gente y conformando un grupo de mujeres como nexo entre los médicos y los pacientes. Luego se integraron maestras para hacer apoyo escolar. Hoy este tipo de actividades las avala económicamente el Estado, pero entonces eran consideradas subversivas”.
La madrugada del 4 de abril de 1978 hubo un operativo en casa de sus padres, que vivían con sus tíos y primos. Tras ingresar y reducir a todos comenzaron a realizar amenazas mientras preguntaban por él. Luego se llevaron a sus padres y dos primos. En el lugar quedaron una prima y una tía con un grupo de 4 represores. El resto fue llevado a la Brigada de San Justo hasta la tarde del día posterior, cuando los liberaron en Lugano. Enterado por su esposa del secuestro de sus padres, García Fernández decidió ir a ver a su compañero Liwski. Allí lo secuestraron el 5 de abril de aquel año. El médico tocó el timbre y atendieron el portero. Cuando subió lo detuvieron, le pusieron un tabique, esposas y lo colocaron en el baúl de un auto. Tras 30 minutos de viaje lo bajan en un garaje con pedregullo. Fue salvajemente torturado con picana y “submarino seco”. Le preguntaban cosas al voleo, aunque sabían que él había tenido cercanía con el PCR. Estuvo 3 días aislado en una celda, tras lo cual trajeron a Liwski herido de bala en una pierna. Desde esa celda escuchaban con su compañero los comentarios de los represores reunidos en una oficina cercana. Así supieron de la visita del alto jefe llamado “1-1-1” que vino en helicóptero, pero no visitó su celda. El que sí los fue a ver fue el represor apodado “El Coronel”, que los amenazó para que hablaran. García Fernández recordó a los represores “Tiburón”, “Víbora”, “Araña”, “King Kong”, “Rubio” y “Teta”. Los dos primeros eran los que tenían mando. AL tiempo empezaron a recibir una comida en mal estado que según los guardias venía del regimiento 3 de La Tablada. Un día los prepararon para un traslado grande, que finalmente no se realizó. Finalmente el 1 de junio del ’78 los represores “Tiburón” y “Víbora” les anunciaron que serían liberados. Entonces sucedió un traslado grande en camioneta a Laferrere, ya narrado por otros testigos. Al igual que otros sobrevivientes García Fernández describió el trato en Laferrere como más leve, con visitas de la familia. Confirmó la llegada a ese lugar de otros detenidos de San Justo como Abel De León. Sin embargó allí fueron amenazados de firmar una declaración que luego se usó en un Consejo de Guerra realizado en la sede del Comando del Primer Cuerpo de Ejército. “Fue una parodia” dijo el testigo, “los defensores, los fiscales y los jueces era todos militares. Se declararon incompetentes en todos los casos y enviaron la causa al juzgado federal de Anzoátegui”.
Tras dos meses y medio en Laferrere, García Fernández estuvo otros dos meses en Devoto, pasó por la Unidad 9 de LA Plata hasta su liberación en 1980. Al igual que otros secuestrados legalizados en el SPB, en la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos al país en 1979, pudo declarar ante integrantes del organismo.
García Fernández contó que cuando salió en libertad tuvo que pedir un auto prestado para ponerse a trabajar realizando visitas médicas a domicilio. Sin embargo al poco tiempo lo volvieron a tomar en el Centro Médico Gallego, de lo cual estuvo siempre agradecido.
El testigo reconoció en el álbum de represores al genocida Ricardo Juan García, apodado “Rubio”, a quien individualizó por la mirada de ojos celeste. También recordó que en el año ’87, junto a Liwski, individualizaron al represor Rubén Alfredo Boan, Alias “Víbora” en una rueda de reconocimiento en la Cámara Federal porteña, tras su aparición pública en un operativo por narcotráfico del el represor impune habría participado. Para finalizar la jornada el médico y sobreviviente de San Justo reflexionó “Espero que esto sirva para mantener la memoria de una situación terrible que sufrió el conjunto de la gente. Esto es una colaboración. Es muy duro venir acá y revivir todo esto. Uno va sepultando estas cosas en el inconsciente para que no aparezcan pero creo que hoy volver a revivirlo es útil”.
 
 
La próxima audiencia será el miércoles 27 de Febrero desde las 11 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

sábado, 2 de marzo de 2019

VÍDEO: JUICIO BRIGADA DE SAN JUSTO


Entrevista a compañero de HIJOS La Plata sobre el Juicio a la Brigada de San Justo, realizada por la Retaguardia Reaccionaria.