El 13 de agosto comenzó en La Plata el juicio por los crímenes cometidos en el Centro Clandestino de Detención de la Brigada de Investigaciones de San Justo. El debate incluye imputaciones a 19 represores por 84 casos, 31 de los cuales corresponde a personas detenidas-desaparecidas. LAS AUDIENCIAS SON LOS MIÉRCOLES DESDE LAS 10 AM EN LOS TRIBUNALES FEDERALES DE LA PLATA, CALLE 8 Y 50. (Se extenderá hasta 2019).

domingo, 30 de diciembre de 2018

05 DE DICIEMBRE: DÉCIMO CUARTA AUDIENCIA

SOBREVIVIENTES
 
Continuó el debate con los testimonios de dos ex detenidas y una compañera de colegio de uno de los desaparecidos de la UES zona oeste.  La brutalidad de la acción genocida y la ajustada coordinación represiva van quedando cada vez más al descubierto en el debate.
 Por HIJOS La Plata
 


Tras 2 horas y media de demora de los jueces del Tribunal Oral 1 de La Plata para dar inicio a lo pautado, la audiencia comenzó con el testimonio de ZORAIDA MARTÍN, ex detenida desaparecida en 3 CCD de la zona oeste y hermana de Adriana, ex detenida de la Brigada de San Justo y caso en este juicio.
Zoraida comenzó afirmando que habla como sobreviviente del Terrorismo de Estado en el circuito represivo de zona oeste. La casa familiar en Villa Udaondo, en Morón -hoy Ituzaingó-,  fue allanada el 16 de diciembre de 1976 por un operativo de la Fuerza Aérea. En aquella oportunidad  la buscaban a ella, militante secundaria de 16 años,  pero no se encontraba puesto que estaba en una reunión política. Entonces se llevaron a su hermana Adriana, de 14 años, que fue llevada a la Comisaría 3ra de Castelar por 2 meses.
A raíz de esa situación, Zoraida se refugió en Godoy Cruz, Mendoza, donde igualmente fue secuestrada en enero de 1977 y traída e avión desde El Plumerillo a la Base Aérea del Palomar, luego a la 3ra de Castelar, donde pudo saber que estaba su hermana, y finalmente a Mansión Seré. Fue liberada en 28 de diciembre del ’77 en un basural en la localidad de Bancalari, cerca del río Reconquista y el camino del Buen Ayre.
El 29 de septiembre del ’77 Adriana fue nuevamente secuestrada de la casa de sus padres y estuvo 4 meses desaparecida en la Brigada de San Justo ypudo reconocer a muchos de sus compañeros de la UES en el cautiverio.  Zoraida relató que cuando fue liberada su hermana “estaba transparente, pelada, sin dientes, no podía caminar sin ayuda, fue algo terrible. Nos decía balbuceando que quería ir a avisar a la casa de los compañeros”. Pese a lo lamentable del momento, cuando Adriana se recuperó pudieron ir a la casa de las familias Von Schmeling, Moglie y Fernández a contar que había visto a sus hijos en San Justo.
Sobre Juan Alejandro Fernández recordó que después del primer secuestro de su hermana “Juancito pasaba por mi casa para ver qué necesitaban mi madre y mis hermanos más chicos. Era oficial montonero y sabía que no podía ni pisar. Rescato su solidaridad como militante”.
La casa de la familia Martín era el lugar de muchas reuniones del grupo de militantes secundarios de la UES zona oeste. Esa casa sufrió 13 allanamientos: con ello vivieron los secuestros y torturas de las dos hijas, del padre Manuel y secuelas en los hermanos Sergio y Gustavo. De hecho tanto Zoraida como Adriana afirmaron que posterior a su liberación vivieron vigiladas bajo órbita de aquella fuerza.
El padre de las militantes, Manuel Martín, fue secuestrado un mes después que Adriana y liberado a fines del ’77. Pese a las secuelas físicas que le dejó la tortura les pudo transmitir que presenció el castigo hasta la muerte que sufrió Herman Von Schmeling, con quien compartió la celda.  A su vez, Adriana vivió los últimos momentos con vida de Rubén Cabral, compañero de Zoraida y militante montonero apodado “Guli”, que había sido secuestrado en septiembre del ’77 y es caso en este juicio. “Yo estaba comprometida con él”, dijo Zoraida, “yo pensaba casarme y tener hijos, pero arruinaron mi proyecto de vida. Mi hermana me contó que a Rubén lo picanearon tanto que no iba a sobrevivir, estaba podrido por la picana”. Al recordar a su compañero dijo que “era ingeniero de sistemas, un genio, una persona con mucha paciencia. Lo habían mandado de la columna norte de Montoneros a la oeste y tuvo que empezar de cero, hacía pastones y actividades en la sociedad de fomento”. Finalmente afirmó que Adriana “me dijo también que en San Justo tomaban lista a los detenidos y en un momento no lo mencionaron más. A Mansión Seré lo llevaron en octubre del ’77 sólo para cerrar el círculo”.
Zoraida contó que al momento en que empezó la represión fuerte ella hacía 4 años que militaba en la UES y era parte de la “territorial” de Montoneros. “Los pibes de la UES eran compañeros míos”, dijo, y agregó que “el ‘Indio’ Aibar, ‘Polenta’ Perez  y ‘Chelo’ Moglie estaban conmigo en la ‘territorial’, habían ascendido en sus responsabilidades”. También reseñó la matanza de por lo menos 6 de esos compañeros secuestrados en San Justo que le relató su hermana: “a Sonia y a mi hermana las sacaron juntas. Los llevaron a todo el grupo a un basural y los fusilaron”. En el testimonio ya brindado en el debate, Adriana había ubicado esa matanza el 28 de diciembre del ’77, y describió que a todo el grupo de jóvenes los sacaron tabicados en distintos autos, tras un largo trayecto los bajan y escucha “¡arrodilláte!”, seguido de ráfagas de disparos a su lado. Luego corridas y gritos y la orden “¡súbanlos!”. A ella le gatillaron 3 o 4 veces en la cabeza, se desmayó y luego despertó nuevamente en la celda de la Brigada.
Zoraida también relató la reducción a la servidumbre, las violaciones sexuales sufridas por ella y su hermana en cautiverio y las secuelas que les dejaron: “para nosotros los militantes políticos era un quiebre en la psiquis, algo que no se puede tolerar. También hubo violaciones en la 3ra de Castelar. Mi hermana fue violada con la introducción de picana en la vagina, le destruyeron una de las trompas y tuvo que hacer tratamiento muchos años. Tuvo un embarazo psicológico. La Fuerza Aérea ya violaba como parte de la tortura”, señaló.
Sobre el lugar en que fue liberada, el basural de relleno de Bancalari, agregó que era habitual que allí aparecieran cuerpos de personas secuestradas, que ahí se fraguaban enfrentamientos y que hace algunos años pudo reconocer el lugar con el Equipo Argentino de Antropología Forense. Lo describió como un triángulo operacional entre el Batallón 601 del Ejército, la Fuerza Aérea y la Regional de Inteligencia de la Policía bonaerense (RIBA).
Sobre la coordinación represiva en la zona Zoraida recordó la existencia de la denominada “Orden Provincia 2/76”, del Comando de Operaciones Aéreas, que implicó el accionar autónomo de la Fuerza Aérea como mando operacional para el exterminio en la zona oeste.
Con este testimonio Zoraida Martín participó en 4 juicios orales, aportó a la condena de algunos de los verdugos de la zona oeste. “Parte de mi vida está en este juicio por la Brigada de San Justo”, concluyó.
 
A continuación se escuchó el relato de IRMA GREUS, cuñada del militante montonero Herman Von Schmeling y tía de la estudiante secundaria Sonia Von Schmeling, ambos desaparecidos y caso en este debate. La testigo relató la coordinación evidente que hubo en los secuestros de sus familiares y el cautiverio que sufrió ella, su padre, su madre y su tío como parte de la persecución a la familia.
En principio destacó que la noche anterior al secuestro de Sonia, ocurrida el 28 de septiembre del ’77, ella estaba estudiando en su casa cuando llegó un operativo de gente armada que dijo que buscaba a Herman, padre de la joven de 16 años. Herman había vivido con su familia cerca del domicilio de Irma, pero luego de haber sufrido una primera detención y torturas en la 3ra de Castelar en octubre del ’76 se había mudado a otra casa en Olivos. Greus desconocía la dirección y debió sufrir la presencia del grupo operativo mientras buscaba la dirección en sus anotadores. Cuando la encontró proporcionó el dato y los represores se comunicaron entre ellos para pasarlo. Pero no se fueron, se quedaron una hora más y recién se retiraron la madrugada del 28 de septiembre.  Entonces Greus se comunicó con la casa de su hermana y Herman, que le dijeron que habían secuestrado a Sonia, diciendo que la llevaban solo por “unas averiguaciones”. Tras esto, Irma acompañó a su cuñado a realizar gestiones ante la iglesia y el Ejército por el paradero de Sonia. Pero nunca tuvieron respuesta. Sólo una vecina, llamada Marta Moyano, dijo a la familia que tenía contactos, no acaró en qué fuerza, los hizo ilusionar con llevarle algunas cosas a la joven en su lugar de detención y hasta trajo una supuesta nota de Sonia diciendo “mamá, estoy bien”. Al reconfirmar este dato sobre esta vecina, que ya había sido aportado por Herman Von Schmeling hijo en su testimonio, la fiscalía pidió al tribunal que se cite a declarar a esa persona.
Tras esto, el 15 de noviembre del ’77 fue secuestrado Herman Von Schmeling padre cuando iba de su casa al trabajo. Entonces la noche del 16 de noviembre Irma se fue a acompañar a su hermana en Olivos, que había quedado sola con sus otros hijos, incluida una bebé recién nacida. Pero debía cumplir con su trabajo en la empresa Massalin & Celasco, subsidiaria de la Philip Morris en Villa del Parque, Capital Federal. La mañana del 17 de noviembre, luego de llegar tarde al trabajo recibió una curiosa llamada de su hermana preguntando si estaba bien. Su hermana le contó que la había llamado su madre, que no tenía teléfono en la casa, que tenía una voz rara, y que cuando le preguntó qué le pasaba cortó. Entonces Irma decidió volver a su casa y allí el portero le informó que la buscaban. Así tuvo que enfrentar a 2 tipos de civil con bigotes y armados que la encapucharon y la trasladaron en un Jeep verde militar a lo que, dan todos los indicios, sería la Brigada de San Justo: 45 minutos de viaje, un ingreso con portón, una sala en planta baja con escalón, luego un piso liso, una escalera con curva y finalmente una sala en primer piso con escritorio. Allí fue interrogada encapuchada y sentada en una silla con apoyabrazos, con preguntas sobre su casa, su familia y su trabajo. Además le dijeron que a Herman y a Sonia los iban a “trasladar”. Luego uno dijo “esta no sabe nada”. Entonces la bajaron, la volvieron a subir al Jeep y la dejaron en Avenida Rivadavia al 17.000 diciendo “tuviste suerte, esto no pasa con nadie”. Entonces develó el curioso llamado de su madre a su hermana: cuando volvió a su casa se enteró que la noche del 16 de noviembre los represores habían ido a casa de su madre preguntando por ella, y como no estaba se habían llevado a su madre, su padre y su tío político a un lugar donde fueron maltratados e interrogados, que también da todas las características de la Brigada. A la madre le dijeron que a Herman lo tenían “medio muerto de la paliza que le dimos”, y la hicieron subir una escalera hasta una habitación donde la obligaron a llamar por teléfono con un arma en la sien. Luego, siempre la mañana del 17 de noviembre, llevaron al tío secuestrado a marcar a Irma al ingreso del trabajo, cosa que no pudo hacer porque ella ese día llegó tarde. Por ese episodio, que fue interpretado como falta de colaboración, el tío sufrió torturas con picana eléctrica ya de vuelta en el lugar de confinamiento. Luego los padres y el tío fueron liberados.
Irma Greus aportó tres datos más sobre el lugar en que estuvo ella y el grupo de su padre, madre y tío. Dijo que en el año ’78 conoció a la sobreviviente Adriana Martín y le contó que había estado con Sonia y “Chelo” Moglie en la misma celda de San Justo. Además afirmó que su madre le comentó que en el lugar de detención parecía estar contiguo a una escuela, porque se escuchaba la rutina del recreo alternado con silencios de clase. Sumó que fue una vez con su sobrino, Herman hijo, a la Brigada de San Justo y vio que daban todas las características de lo que ella recordaba, pero que no podía tener total certeza porque siempre estuvo encapuchada. Además vio unos buzones ciegos que tenían agujero tipo mirilla de observación, y recordó que Martín le había dicho que Sonia había visto pasar a su abuela detenida por el pasillo de San Justo, la reconoció, se puso muy mal y dijo “¡Por qué a mi abuela también!”.
La testigo pidió condenas ejemplares para los imputados en el debate y los comparó con los nazis: “Pido que se haga justicia por lo que hemos vivido. Que si hay responsables, que esté presos. Mi hermana murió hace 6 años. Arruinaron la vida de toda mi familia. Nos quitaron la vida de dos personas, pero nos quitaron años de vida a toda la familia”, concluyó.
 
El último testimonio de la jornada fue el de MABEL CUADRADO, ex integrante de la UES zona oeste y compañera de curso del militante secundario desaparecido Juan Alejandro Fernández. La testigo contó que ingresó al colegio San Francisco Solano de Ituzaingó en 2º año, y que para 4º, en 1976, se activó la elección de delegados y la formación de la UES en el colegio. Los compañeros la aclamaron a ella, y en la votación fue electa delegada y Juan Alejandro Fernández subdelegado. “Juan me explicó el rol del delegado. Él llevaba la voz cantante. Tenía volantes y los repartía. No se relacionaba mucho, era muy callado” refirió. También contó que como iban al colegio de mañana las reuniones políticas se hacían a la tarde en un bar a la vuelta de la institución. La testigo dijo que su padre, Marcos Cuadrado, era personal civil de la Fuerza Aérea, trabajaba como electricista, y no le permitía tener actividades políticas. Sin embargo ella iba a algunas reuniones a escondidas. “Juan iba a las reuniones políticas de la UES en Capital Federal y traía los informe”, dijo. Un día que ubica como de octubre del ’76 Mabel llegó tarde, se metió al bar y cuando salió vio dos autos y unos tipos golpeando al grupo de la UES. A Juan lo habían metido dentro del auto para secuestrarlo. Mabel se metió en el forcejeo. La agarraron de los pelos para subirla al auto y pudo ver que algunos de los atacantes usaban borceguíes. Entonces un vecino que tenía una inmobiliaria realizó un disparo al aire, Juan aprovechó para zafarse y bajar del auto, y los represores escaparon del lugar. Ese día no entraron a la escuela y Mabel ocultó lo sucedido en su casa. Pensaba que se trataba de un hecho común. “Al día siguiente pusieron una bomba en la inmobiliaria, se rompieron los vidrios de la escuela y murió la señora y el hijo del dueño”, dijo Cuadrado. Ese mismo día su padre llegó antes del trabajo y le dio una paliza mientras gritaba “antes que la maten ellos la mato yo”. Entonces los padres decidieron llevarla escondida a Córdoba por el resto del año. “Viví con mucha soledad y odio a mis padres. Pensé que me estaban castigando por una mentira de juventud, pero en realidad me estaban protegiendo”, señaló. Ya en el verano del ’77 los padres la hicieron rendir las materias libres y pasó de año. Continuaba relacionada con los chicos de la UES pero en mucha menor medida. Después comenzaron a hacer tareas comunitarias, como limpiar vidrios de autos y cortar el pasto, para juntar dinero para el viaje de egresados a Córdoba. “Juan no iba mucho porque tenía muchas reuniones políticas”. Antes del viaje de egresados iban a hacer una excursión por el día del estudiante del año ’77. Estando todo listo notaron que Juan no llegaba y el colectivo se retrasó. Entonces vieron que llegó la madre de Juan y avisó al colegio que sus dos hijos Juan Alejandro y Jorge Luis habían sido secuestrados.

A testigo recordó además que a comienzos del ’77 Juan le había pedido que ella se concentrara en la militancia de la UES porque él se iba a hacer tareas con un grupo cristiano. En realidad, como contaron sus hermanos José Gabriel y Marcela en la cuarta audiencia de este juicio, la familia lo estaba enviando en salvoconducto con un grupo juvenil de una parroquia de Moreno e iba a viajar a fines del ’77 para realizar tareas sociales. No llegó porque fue secuestrado junto a su hermano. Estaban preparando la celebración estudiantil de la primavera, y la noche del 19 de septiembre de 1977 un grupo de personas armadas irrumpió en la casa familiar de Castelar en el entonces partido de Morón, hoy Ituzaingó. La patota entró con violencia y preguntando por “Rulo Ramírez”, que en realidad era Enrique Rodríguez Ramírez (para sus compañeros “Pluma”) otro militante de la UES secuestrado esa noche y desaparecido. De hecho, en lo que podría calificarse como “la otra Noche de los Lápices”, entre el 16 y el 29 de septiembre del ’77 fueron secuestrados los hermanos Fernández, Alejandro Aibar, Marcelo “Chelo” Moglie, Enrique “Pluma” Rodríguez Ramírez, Ricardo “Polenta” Pérez, Adriana Cristina Martín y Sonia Von Schmeling, entre otros. La mayoría de los integrantes de ese grupo fueron sacados de la Brigada de San Justo y asesinados como detallaron las hermanas Martín en el debate. Estos relatos habilitan la posibilidad de ampliar la acusación sobre los represores imputados por los homicidios de estas víctimas, ya que hoy sólo se contemplan los secuestros y torturas sufridas por ellos sufridas.
 
La próxima audiencia será el miércoles 12 de diciembre desde las 10 hs. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50, La Plata, con DNI.

28 DE NOVIEMBRE: DÉCIMO TERCERA AUDIENCIA

MEMORIA DE LOS COMPAÑEROS

Con los testimonios de un sobreviviente que vio a varios secuestrados que venían de San Justo, un ex militante de base que compartió actividad política con ellos y el hijo de un trabajador desaparecido, continuó el debate por uno de los CCD más grandes del Terrorismo de Estado en la zona oeste del conurbano.
Por HIJOS La Plata



En primer término se escuchó el testimonio de NIEVES LUJÁN ACOSTA, sobreviviente de 3 Centros Clandestino de Detención del “Circuito Camps” que brindó un relato breve, de no más de 10 minutos, especificando sobre su conocimiento de algunas personas desaparecidas que son caso como víctimas en este juicio.
El testigo, albañil y en los ’70 militante platense en la Unidad Básica Capoano Martínez del barrio platense de Tolosa, contó que fue secuestrado en su casa el 3 de agosto de 1977. Fue llevado a la Brigada de Investigaciones de La Plata en 55 entre 13 y 14, donde permaneció 1 mes, luego trasladado al Pozo de Banfield, donde estuvo poco más de 1 mes, y finalmente pasó 15 meses en la Comisaría 3ra de Lanús, en Valentín Alsina.
En la Brigada platense Acosta sufrió torturas e interrogatorios sobre su actividad en el barrio, que se reducía a tareas comunitarias como hacer tendidos de luz, de agua o colaborar realizando las veredas a los vecinos. En Banfield  compartió cautiverio en el mismo calabozo con los desaparecidos Santiago Cañas y Roberto Aued, y pudo saber de otros detenidos como Alfredo Narciso Agüero, Jorge Catanese y los hermanos Moreno Delgado.
Con sólo 17 años, Agüero militaba en Juventud Universitaria Peronista (JUP). Había sido secuestrado el 29 de agosto de 1977 en casa de una tía suya en Villa Insuperable. Hasta allí llegaron los represores con su hermano Lino, secuestrado para marcar la casa donde estaba. Antes habían ido al restaurant de la familia en Ciudadela, Tres de Febrero, y habían reducido a todo el grupo: el padre Narciso, la madre, los hermanos Lino y Jorge, una cuñada y los sobrinos. Por testimonios de sobrevivientes se sabe que Alfredo estuvo en la Brigada de San Justo desde el momento de su secuestro y hasta fines de septiembre del ’77. “Agüero me comentó que el papá tenía un restaurant en Ciudadela, donde él trabajaba, y que lo secuestraron”, dijo Acosta en la audiencia. El caso de Alfredo Agüero integró la acusación de la causa 44/85 contra la cúpula de la bonaerense. Ahora se juzga en específico su cautiverio en la Brigada de San Justo. Sobre su paso por las Brigadas de San Justo y Banfield queda escuchar en el debate los testimonios de su hermano Lino, que fue testigo ocular del secuestro y traslado a San Justo, y de los Moreno Delgado, quienes compartieron cautiverio y fueron trasladados con Alfredo. Estos testimonios están estipulados para la audiencia de la segunda semana de diciembre.

Sobre los hermanos José y Antonio Moreno Delgado, también caso en este juicio, el testigo recordó que tenían un taller de carpintería en calle San Martín de Merlo, donde trabajaban con el hijo de uno de ellos. Allí fueron secuestrados junto a María Elena Ianotti el 14 de septiembre del ‘77. Acosta afirmó que “eran de San Martín, pero no recuerdo si me dijeron que estuvieron en San Justo. También lo vi a Catanese, pero no sé de dónde venía”. Jorge Catanese, luchador de catch apodado “Yolanka” por el personaje que desempeñaba en esa actividad, militaba en Montoneros, fue secuestrado el 15 de septiembre del ’77, pasó poco más de una semana en la Brigada de San Justo y luego fue llevado a Banfield. Continúa desaparecido y conforma el caso Nº18 de la acusación contra 9 de los represores juzgados en este debate.
Además Acosta se acordó a una pareja de quienes solo recuerda los apodos: una chica a la que le decían “Rata”, que llegó a Banfield y recién había tenido un bebé y su compañero “Palito”.
Nieves Luján Acosta declaró en Juicio por la Verdad en 1999 y en el juicio denominado “Circuito Camps” de 2012, donde por su paso por la Brigada platense fueron condenados Miguel Etchecolatz y otros 4 genocidas. Por fuera de este juicio Acosta es testigo esencial del asesinato de Daniel Mariani, el hijo de Chicha Chorobik de Mariani, porque militaba con él, con el matrimonio desaparecido de Roberto Aued y Graciela Médici, quienes le contaron en Banfield que vieron caer asesinado a Mariani mientras huía de un operativo que los venía a buscar en agosto de 1977. El hecho se investiga en la causa Nº 202/2010 de los tribunales federales platenses.
En segundo turno se escuchó a ESTEBAN RODRÍGUEZ, militante de base de la JP en los ’70 en Ciudadela, partido de Tres de Febrero. Rodríguez relató que comenzó a militar en el año ’71 y participó de movilizaciones y actividades sociales. Fue uno de los impulsores de la Asociación Gremial de Artesanos en el año ’74 y exponía sus trabajos en la Plaza San Martín de Ciudadela. Así conoció a muchos militantes como “Bocha”, Alfredo Agüero, Jorge “Chupete” De Iriarte y José “Pipo” La Bruna, todos desaparecidos.
De “Pipo” La Bruna dijo que fue su compañero del barrio, del colegio, de trabajo y de militancia. Además dijo que se organizaba en la Juventud Trabajadora peronista (JTP). Para entonces La Bruna tenía un cargo en el  Hospital local “Ramón Carrillo”, pero cumplía funciones como empleado administrativo en el Instituto de Oftalmología “Pedro Lagleyze” de Capital Federal. El testigo rememoró que muchas de las reuniones políticas del grupo se realizaban en el restaurant de la familia Agüero, donde trabajaba y vivía toda la familia. Según Rodríguez en agosto de 1977 “Pipo” le había mencionado a una compañera llamada Edith García que tenía temor por lo que pudiera informar su cuñado a los represores del CCD Brigada de San Justo, con quienes tenía una relación fluida. El 13 de agosto Edith fue secuestrada de su trabajo como enfermera en el Hospital Carrillo. Según Rodríguez “habían ido a buscar a ‘Pipo’ y como no estaba se llevaron a Edith”. Dos días después “Pipo” fue secuestrado de su trabajo en el “Lagleyze” frente al personal del instituto. Tenía 23 años. Para Rodríguez el hermano de la esposa de “Pipo”, Jorge Gerard, era de inteligencia y “entregó a ‘Pipo’ a los represores de San Justo. Le confirmó a la madre de ‘Pipo’ un supuesto acuerdo para la salida a Italia, pero no se dio. Es alguien que debería ser llamado a declarar, porque sabe mucho”. El testigo agregó que  en un homenaje realizado en agosto pasado por la memoria de La Bruna, acusó al micrófono a este hombre de apellido Gerard, que estaba presente. “Cuando lo acusé a Gerard frente a todos, se puso colorado y antes de retirarse se acercó a los hijos de ‘Pipo’ y les dijo que más adelante les contaría la verdad sobre lo que le había pasado a su padre. Ellos nunca pudieron saber la verdad sobre el destino de su padre. Incluso recién en 1992 se enteraron que la historia de un accidente aéreo, que les habían contado durante todos esos años, no era real”.

Además el testigo aportó un dato fundamental que certifica el paso tanto de Agüero como de La Bruna por la Brigada de San Justo: la hermana de La Bruna le contó que habló con la madre de Agüero, y esta le dijo que el 25 de agosto del ’77 un grupo de tareas fue al restaurant de los Agüero con “Pipo” secuestrado, que estaba muy demacrado, golpeado, con un sobretodo y que casi no lo conoció. El mismo día fue secuestrado en su casa de Morón a “Chupete” De Iriarte, trabajador del hospital Carrillo. Cuatro días después van a buscar a Alfredo al restaurant, secuestran a su hermano y lo llevan hasta donde estaba Alfredo. La coordinación del grupo de tareas luce hoy evidente, por la secuencia de caídas de Edith, luego de La Bruna, luego de De Iriarte y finalmente de Agüero.
Reivindicando con orgullo la militancia de los ’70, Rodríguez afirmó que la mayoría de los militantes de la época eran activistas de base, con acción social, sindical, cultural: “Si hubiera sido cierto que la militancia política estaba volcada a la acción armada, les aseguro que el Ejército no hubiera podido frente a los 30 mil”, concluyó.
El último testimonio fue el de PABLO DE IRIARTE, hijo del detenido desaparecido Jorge Luis De Iriarte e integrante de HIJOS La Matanza. Jorge había nacido en octubre de 1950 en Verónica, partido de Magdalena. Se casó con Sara Matilde Astorga y tuvieron dos hijos: Pablo y José. Jorge trabajaba como como oficial calderista en el Hospital “Ramón Carrillo” de Ciudadela, donde era delegado de ATE, y hacía changas como mozo en el Autocine Capital Federal.
Pablo contó que a las 11 de la noche del 25 de agosto de 1977, cuando él tenía 4 años y su hermano 3, cayó a su casa un operativo de 8 hombres de civil fuertemente armados que se presentó como “del servicio de inteligencia del Estado”. En el domicilio de Cucha Cucha 1282, en Morón, estaban la abuela, el abuelo y una tía de Pablo despiertos, mientras el resto de la familia estaba durmiendo: en una pieza la madre de la abuela, en otra los tíos y su prima y en una tercera sus padres y su hermano.
La tía les abrió, ingresaron violentamente y dieron vuelta todo. Revisaron la pieza de la abuela, una señora muy mayor, y luego la de los tíos. Redujeron al tío con una pistola en la cabeza y preguntaron por Jorge Luis De Iriarte. Luego fueron a la habitación de sus padres. Su padre salió y los represores dijeron “afirmativo”. A su madre y a los chicos los retuvieron en la cama, mientras revolvían el cuarto. A su padre lo hicieron vestirse y despedirse, para llevárselo y ubicarlo en la parte trasera de un auto.
Pablo recordó que en el operativo rondaba la zona un helicóptero y que por dichos de un vecino, al que los represores le habían preguntado por la casa de “De Iriarte que trabaja en el hospital de Ciudadela”, supieron que también hubo vehículos del Ejército en la zona. Cuando la tía de Pablo salió a la calle insultó a los represores y uno le dijo “quédate ahí porque te pegamos un tiro”. Fue la última vez que la familia vio a Jorge. Tenía 26 años.
Con el tiempo y la búsqueda de datos de la militancia de su padre, Pablo pudo saber que Jorge militaba con Alfredo Agüero, José La Bruna, y Edith García, y que todos están desaparecidos. También conoció a Javier Velázquez, compañero de su padre al que conoció en un homenaje a su padre. Supo también que las reuniones políticas se hacían en el restaurant de los Agüero, que todo el grupo fue desaparecido y que su padre pasó por la Brigada de San Justo y el “Pozo de Banfield”.
Pablo recordó que su abuela Aurora presentó Habeas Corpus en Morón y San Martín, e hizo denuncias en la comisaría 4ta “Gervasio Pavón” de Morón, ante la ONU y la Cruz Roja. También rememoró que con su hermano acompañó a su madre a realizar gestiones al Ministerio del Interior, pero siempre les respondían negativamente. Además sufrieron la infamia de que les mandaran telegramas desde el Hospital Carrillo diciendo que había hecho abandono de su trabajo, y lo dejaron cesante sin reparar su legajo hasta hoy. También dijo que en el hospital su madre se cruzó con el padre de Agüero y se enteró del secuestro de Alfredo. Luego hubo otros encuentros con los Agüero, y su familia contactó a los hermanos Antonio y José Moreno Delgado, sobrevivientes de San Justo y Banfield, que les contaron que cuando estuvieron detenidos se habían cruzado con Alfredo Agüero, que les dijo que en una celda contigua estaban sus compañeros de militancia “Chupete” y “Fierrito” Lavalle. Otro dato del paso de su padre por San Justo y Banfield lo tuvieron de parte de Jorge Gambero, esposo de la desaparecida María Elena Ianotti, que les confirmó que un ex detenido les comentó que a su padre lo habían visto en esos lugares.
Pablo visitó dos veces la Brigada de San Justo en momentos de su señalización, y en su testimonio se sumó al pedido de que el lugar sea desafectado y se transforme en un espacio de memoria. Para finalizar Pablo leyó muy conmovido un texto que escribió su abuela Aurora a su padre, con motivo de su cumpleaños 29,  titulada “carta a mi hijo ausente”. Allí la abuela le escribió a Jorge: “Es muy difícil superar mi querido este dolor, pero tengo que hacerlo. Y te digo que es el más grande de mi vida. Porque a este pobre corazón mío le han sacado un pedazo que sos vos. Y hasta que no vuelvas va a seguir sangrando”.
Pese al paso del tiempo con impunidad, valor de los familiares de dar testimonio y por diversas defecciones de la justicia federal platense, los casos de José “Pipo” La Bruna y de Jorge Luis “Chupete” De Iriarte no forman parte de este juicio, al igual que los casos de otros 30 compañeros cuyo paso por la Brigada de San Justo está constatado en los testimonios de decenas de sobrevivientes y consignado en el listado elaborado por el CODESEDH. Por ellos se pretende que los familiares y compañeros, pese a dar testimonio del horror, continúen esperando justicia.

La próxima audiencia será el miércoles 5 de diciembre desde las 14hs (un poco más tarde de lo habitual). Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de La Plata, en 8 y 50, con DNI.

jueves, 22 de noviembre de 2018

14 DE NOVIEMBRE: DÉCIMO SEGUNDA AUDIENCIA

LAS FORMAS DEL TERRORISMO DE ESTADO
Con los testimonios de un sobreviviente,  un militante de base de la zona oeste, la hermana de un desaparecido y una nieta recuperada continuó el debate por los crímenes cometidos en el conurbano oeste en dictadura. Cuatro vidas, cuatro visiones y cuatro formas diversas en las que se hizo cuerpo el Terrorismo de Estado.
Por HIJOS La Plata
La jornada se inició con el testimonio de ROBERTO TIBURCIO LOBO, ex militante del PRT-ERP, sobreviviente de la Brigada de San Justo y, como tal, caso en este juicio. Lobo comenzó relatando que para abril de 1976 tenía 26 años y estaba casado con Ethel María Corti. El 9 de abril de ese año, en horas de la tarde, recibió un llamado telefónico en su casa de Villa Luzuriaga, La Matanza, ubicada a 2 cuadras de Ruta 4. Le decían que una compañera había sido secuestrada. En el momento fue a casas de otros compañeros y avisó que se estaban llevando gente. Para el 10 de abril fue con su esposa a la casa de Silvia Gordillo, una abogada que luego llegó a ser jueza en Morón, y vio cómo llegaba un operativo represivo con la Sra Gordillo marcando personas. Lobo, que además estaba con su hijo Gustavo de 4 años dentro de un auto, dejó a su esposa dentro del domicilio y se alejó del lugar. Por suerte su esposa fue demorada, pero no la secuestraron. La madrugada del 11 de abril se reencuentra con su esposa en su casa, y allí llega el operativo donde ambos son secuestrados. Entre los represores que participaron Lobo recuerda a policías y efectivos de la Brigada de San Justo. Especialmente a un represor rubio y de pelo corto que los golpeó y los tabicó. Tras saquear la casa y ubicarlos en el baúl de un auto los trasladan por un día a lo que suponen, por la distancia y el recorrido del viaje y por las características del inmueble, que es el CCD Puente 12. Allí Lobo y su esposa sufrieron torturas. Pensaban todo el tiempo en su hijo, que había quedado durmiendo cuando cayó el operativo. Luego fueron trasladados de madrugada a la Brigada de San Justo, donde vuelven a sufrir tormentos. “Había un personaje entre los torturadores, no sé si era cabo o policía raso, alto y muy atrevido, que se ensañaba con los secuestrados, los pateaba, los escupía y los orinaba, sobre todo si eran obreros” relató el sobreviviente. En la Brigada sufrió todo tipo de tormentos, como picana, submarino seco, submarino en un balde de agua y hasta el clavado de alfileres debajo de las uñas. En los interrogatorios, que eran a cara descubierta, había presente un sargento del Ejército. Luego alternaron sesiones de torturas con el confinamiento en calabozos. Allí pudo escuchar a un secuestrado que le dijo “Soy Raúl, soy delegado de Mercedes Benz”. En un momento los represores le dicen “ahora viene lo mejor”, y le traen a la celda a su esposa Ethel. Lobo rememoró que tenía una infección en la mano izquierda por las torturas y al no contar con otro elemento se curaban las heridas con orín. También supo de otros detenidos, como una persona joven militante del ERP llamada Alejandra, que estaba detenida con su bebé, y a ambas las que torturaban salvajemente buscando confesiones. Lobo presenció el asesinato de Alejandra y su bebé porque los represores se ensañaban en mostrarle las atrocidades que cometían.
Estando detenido Lobo se enteró que su madre estaba haciendo gestiones para encontrarlos, ya que los represores le dijeron “tu madre anda molestando”. La señora había ido al Regimiento 3 de La Tablada, y se había entrevistado con un tal mayor Flores que si bien le negó saber de Lobo y su esposa, le confirmó que el pequeño Gustavo estaba en la casa de unos vecinos, y le dijo “váyase y no vuelva más”. Cuando recuperó al niño, su madre se lo llevó a Tucumán, y allá la fue a amenazar el jefe de la carnicería desatada en la provincia – en particular sobre el PRT-ERP- el general Antonio Domingo Bussi para decirle “este chico es del Ejército, no se lo entregue a los padres. Venga a firmar cada 15 días. Si necesita algo el Ejército se lo va a dar”.
Pero además en el proceso de su búsqueda, la familia Lobo sufrió el secuestro de su hermano Guillermo, que se había ida a Tucumán en el ’73 y había vuelto para buscar a su hermano. Guillermo era amigo y compañero de un militante uruguayo llamado Liber Trinidad. El 13 de abril del ’76 allanaron la casa de Trinidad en La Tabalada y secuestraron a Guillermo y su compañero. Del hecho fueron testigos la esposa de Trinidad y los vecinos. Ambos continúan desaparecidos. Lo sugerente del caso es que los represores le entregaron a Roberto una camisa y la cédula federal de Guillermo dentro de la Brigada. También supo que a su madre le llegó una valija de ropa de su hermano en Tucumán. Evidentemente Guillermo pasó como detenido ilegal por San Justo en un tiempo posterior al ingreso de su hermano. 
Tras pasar un mes y medio en San Justo, Lobo y Corti fueron trasladados en un colectivo de línea a la cárcel de Mercedes. La esposa pasó por Olmos, Devoto y recibió la opción de salida del país. Él debió pasar por Devoto, la Unidad 9 de La Pata, sufrir un Consejo de Guerra y recibir la salida recién en 1978.  Lobo se exilió con su esposa en Milán, Italia, hasta 1984. Luego testimonió en Conadep por su caso y el de su esposa. Pero a 42 años de los hechos el caso de su hermano aún no ha sido debidamente investigado.


Al testigo se le exhibió el álbum de fotos de los represores de San Justo y reconoció a Miguel Ángel Bustos, no imputado en este juicio, como uno de los que realizaban las sesiones de tortura. En valiente testimonio, de un pesimismo pragmático y realista, y a diferencia de otros sobrevivientes en cuyos discursos prevalece un irreflexivo “yo no sabía nada”, Lobo reivindicó su militancia guevarista: “Fui militante y no me arrepiento de haber sido militante del ERP, lo digo orgulloso” afirmó, y dijo “yo no creo en la justicia, para mía es una parodia, una mentira. Porque decir justicia a 42 años…siempre en la historia de este país masacraron al pueblo, pasó en la Patagonia rebelde, pasó en Trelew que los masacraron a los compañeros, pasó con Santiago Maldonado. Y nunca hubo justicia plena. Yo lo que pretendo es que la Brigada deje de funcionar como tal, y se haga un espacio histórico para la memoria”.

Luego llegó el testimonio de HÉCTOR FERNÁNDEZ, ex militante peronista de base de La Matanza que compartió actividad con muchos de los dirigentes desaparecidos que son caso en este debate. Fernández rememoró su participación política en los ’70 en la JP de Villa Insuperable, en La Tablada. Allí realizaba tareas sociales con los vecinos organizados de la zona, desde una Unidad Básica ubicada en la calle Amancio Alcorta. Así fue conociendo varios compañeros de las zonas vecinas como Villa Constructora, Lomas del Mirador, Tapiales o Villa Madero. Entre los militantes que conoció destacó a Santos Rodríguez, a quien recordó como “obrero de Yelmo”, José Rizzo, “metalúrgico, buen orador, una persona con mucha dignidad”, Jorge Congett, “militante cristiano que trabajaba en el municipio y le decíamos ‘El Abuelo’”, Ricardo Chidichimo, “era Riki, meteorólogo que hablaba 4 idiomas”, Héctor Galeano, “delegado telefónico, de la UB de Villa Luzuriaga, con él hacíamos festivales con la juventud del movimiento”, Ricardo Adrián Pérez, “vendedor de baterías que militaba en los monoblock de Tablada y desaparecido en Santa Fe”, Gustavo Lafleur, “coordinador del área sindical en los plenarios”, Delfor Soto, “concejal desaparecido, integrante del MR 17 con Gustavo Rearte”, Honorio Gutiérrez, “integrante de la Resistencia Peronista y del Partido Auténtico”, y el apoderado del partido y hoy con tranquila carrera diplomática, Diego Guelar, entre otros.
“Por debilidad del gobierno de Isabel y la promesa de próximas elecciones, armamos un partido”, dijo Fernández al referirse al Partido Peronista Auténtico, la experiencia creada por sectores de izquierda del peronismo en 1975, conducido por Andrés Framini, Oscar Bidegain y Dardo Cabo, entre otros, que tras una corta batalla legal con el PJ debió denominarse solamente Partido Auténtico y que terminó fusionándose con Montoneros en 1977. Si bien Fernández se mostró muy cercano a aquel grupo de militantes de la zona oeste, destacó que “nunca fui parte del partido, fui organizador de las estructuras”.
Sobre la represión que sufrió todo ese grupo, del cual la mayoría se encuentra desaparecido, el testigo afirmó que “fue tremendo lo que hicieron estos verdugos con los compañeros, que tenían como principio de vida luchar por una patria justa, libre y soberana. Todos eran referentes: en el municipio, en telefónicos, en la metalurgia, etc, y todos realizaban tareas sociales”.
Fernández contó que hace un tiempo pudo acercarse a las hijas de aquellos compañeros y contarles lo que sabía de la militancia de sus padres. A través de las familias “y una señora Eloy, ex detenida” supo del paso de los secuestrados por la Brigada de San Justo y luego por el CCD “El Infierno”. El testigo afirmó que él nunca fue detenido en dictadura, pero que en 1984 lo demoraron por una irregularidad en el registro de conducir y lo llevaron a la Brigada de San Justo. Allí sufrió amenazas del plantel de la sede, que continuaba con las mismas prácticas que en la dictadura, y a los que se quejó diciendo “¡se están olvidando que estamos en democracia, a ver quién se atreve a tocarme!”.

A continuación se escuchó el relato de GRISELDA AIBAR, hermana del detenido desaparecido Alejandro “Indio” Aibar, militante de la UES y caso en este juicio, secuestrado a los 18 años. Griselda comenzó contando que su padre Hugo era mozo, su madre Sergia Paolini enfermera y Alejandro era el mayor de 4 hermanos.
Al momento de definir a su hermano la testigo dijo que “trabajaba desde los 14 años como cadete en Bonafide, era militante del amor y la solidaridad, era actor titiritero y payaso. Los fines de semana llevaba su magia con un títere en cada mano a los niños de Pompeya, donde vivíamos, en el salón parroquial o en la sociedad de fomento, y en el hospital donde trabajaba mi madre”.
Cuando lo secuestraron Alejandro cursaba el último año del colegio Manuel Belgrano de Merlo. Griselda recordó que la familia se había mudado al oeste desde Capital Federal. La madrugada del 20 de septiembre de 1977  llegó el operativo de represores armados, algunos de civil y otros de fajina, que preguntaron por la familia “Fernández”. La anécdota ya fue narrada en el debate por José Gabriel y Marcela Fernández, hermanos de Juan Alejandro y Jorge Luis, ambos militantes de la UES de zona oeste, secuestrados y desaparecidos en un operativo simultáneo al caso Aibar. En lo que podría calificarse como “la otra Noche de los Lápices”, entre el 16 y el 29 de septiembre del ’77 fueron secuestrados los hermanos Fernández, Alejandro Aibar, Marcelo “Chelo” Moglie, Enrique “Pluma” Rodríguez Ramírez, Ricardo “Polenta” Pérez, Adriana Cristina Martín y Sonia Von Schmeling, entre otros. Todos militantes de la UES y la mayoría desaparecidos. En lo de los Fernández preguntaron por Ramírez y en lo de los Aibar por Fernández. Con este dato la coordinación de los operativos es innegable.
Mientras era secuestrado su hermano Griselda tenía 7 años y otro hermano mellizo. A ella uno de los represores la tiró de los pelos y la tapó con una frazada. A los padres les informaron que a Alejandro lo llevaban por “averiguación de antecedentes” a la Comisaría de Merlo. En el operativo pudieron divisar unas camionetas de GIBA, dependencia de Fuerza Aérea en la zona, y vieron que lo llevaban hacia Moreno y no a Merlo. Los padres de Alejandro realizaron la búsqueda en las comisarías de la zona, fueron al GIBA y un comodoro los mandó al Ministerio del Interior. Desde allí la madre de Alejandro se vinculó a otros familiares y a Madres de Plaza de Mayo.
“Pasé mi infancia en una infinita soledad” dijo Griselda al definir la ausencia de su hermano y agregó que “Alejandro nos cuidaba  a los más chicos. Se hizo cargo de nosotros desde que nacimos, él tenía 11 años y le dijo a mi madre que él nos cuidaría para que ella pudiera ir a trabajar. Cuando se lo llevaron nadie pudo cubrir ese rol”.
Griselda contó que hace muy poco se enteró de la militancia de su hermano, que la familia desconocía. Aun así los padres estuvieron siempre activos en la militancia de Derechos Humanos y en los ’80 fundaron la comisión de familiares de desaparecidos de Merlo. “Yo transcurrí mi niñez en Plaza de Mayo y cuando se enfermaron me dediqué a cuidarlos a ellos” reconoció Griselda. En el año ’97, cuando estaban completando el trámite de reconocimiento de la desaparición forzada de Alejandro se encontraron con la madre de Gladis Morales, una chica desaparecida que había sido compañera de Alejandro en el secundario, militante de la UES y fue secuestrada 3 días antes que Aibar. La madre les dio detalles de un gesto de Alejandro, que se expuso al ir a averiguar por su compañera.
Pero la lucha por Memoria en un partido donde hubo más de 150 desaparecidos, y estuvo gobernado por el fascista del PJ Raúl Othacehé no fue fácil, como contó Griselda. “En Merlo nunca se pudo hablar de Derechos Humanos, recién en esta gestión se creó una oficina y se comenzaron a hacer los homenajes”, dijo la testigo. En una de esas actividades organizadas por la gestión del ex hombre de Othacehé, Gustavo Menéndez, llegó a manos de los Aibar una carta de Liliana Chamorro, una compañera del secundario de Alejandro. En la audiencia del juicio Griselda exhibió el sombrero de artista de su hermano y leyó el texto, donde se relata una acción de volanteada contra la extensión del horario de cursadas que habían planificado juntos pero que Alejandro hizo solo, y que generó la presencia de tropas del GIBA en la escuela para interrogar a los jóvenes. Desde entonces ambos quedaron marcados.
La testigo contó que en torno al juicio por la Brigada de San Justo conoció a otras HIJAS de La Matanza, que le acercaron el dato de que la sobreviviente Adriana Martín había compartido cautiverio en San Justo con Alejandro. Martín dio testimonio de ello en la cuarta audiencia de este juicio y con un relato desgarrador de las atrocidades vividas en el CCD por todo el grupo de la UES, lo contrastó con los pequeños gestos de humanidad y resistencia que pudieron desplegar los militantes allí confinados.
Para finalizar Griselda Aibar reflexionó que “recién ahora, 40 años después, puedo armar este rompecabezas tan necesario como el oxígeno. Mi hermano fue mi ángel guardián y el de muchos”. Además pidió “justicia por la miseria humana que se llevó a mi hermano. Por mis padres que llegaron enfermos a ancianos. Por la niña que fui, que cambió las rondas de juego por las rondas de Plaza de Mayo. Por Alejandro y por los compañeros de la UES. Por los 30 mil. Cárcel común a todos los genocidas”. El pedido fue hecho la misma semana y ante los mismos jueces que volvieron a otorgar una domiciliaria (no efectiva) al símbolo de la represión de la Bonaerense, el comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, imputado en este juicio.

Para cerrar la jornada se escuchó a Paula Eva Logares, hija de los militantes desaparecidos Mónica Grinspon y Claudio Logares, y nieta de la incansable luchadora por la restitución de las hijas e hijos apropiados como es Elsa Pavón.
Paula presentó un testimonio maduro, con más análisis que relato de su propia vida como niña apropiada y del secuestro desaparición de sus padres. Comenzó afirmando la importancia de la identidad propia, por la que tanto se luchó: “Cuando me preguntan mi nombre, yo hoy puedo decir quién soy”. Recordó que en mayo del ’78, cuando ella tenía 23 meses, sus padres ya estaban exiliados en Uruguay, y los 3 fueron levantados en la calle cerca de parque Rodó de Montevideo por un patota que los trasladó a la Brigada de San Justo. Allí pasaron un tiempo juntos, hasta que ella fue apropiada por el subcomisario de la brigada, Rubén Lavallén, y su esposa Raquel Mendiondo, sugerentemente de nacionalidad uruguaya. Mónica y Claudio fueron llevados al “Pozo de Banfield” y desde allí desaparecidos.
“Lavallén me anotó como hija natural propia, con una diferencia de edad de 1 año y medio más o menos. Quien firmó esa partida de nacimiento fue el médico Vidal, que era mi médico mientras yo vivía con ellos. En las visitas médicas daba caramelos, pero yo no los aceptaba”. Paula contó que en un siniestro acto los apropiadores la anotaron como “Paula Luisa Lavallén”, por el nombre de la madre del represor. “No me pudieron cambiar completo mi nombre porque yo no respondía a otro nombre. En un momento lo planteaban como un juego pero yo entendí que no era un juego”, dijo. También apuntó que de niña sufrió lo que se denomina “stress de guerra” que implica el detenimiento del crecimiento biológico de la persona, y que mucho después pudo acomodarse a su edad física y biológica real. En 1988 Lavallén fue condenado a 4 años de prisión por la apropiación de Paula, pero sólo cumplió 1 año y medio a la sombra. Murió impune por el resto de sus crímenes poco después de la reapertura de las causas a los genocidas. Paula recordó que en una audiencia que se otorgó a los apropiadores cuando su caso ya estaba judicializado, y ella todavía era una niña, les reclamó a Mendiondo por qué le había mentido y a Lavallén qué había hecho con sus padres.
La testigo recordó también que el represor cumplió tareas en dictadura como  jefe de vigilancia de la empresa Mercedes Benz, que le había cedido un vehículo para que se manejara, y que la llevaba a recorrer tanto la  concesionaria en Capital como la planta en González Catán, de donde desaparecieron varios obreros. “Manejaba sin manos, siempre fue una persona violenta en la casa y en la calle”, afirmó. Describió cada uno de los domicilios donde la tenían confinada los apropiadores, y dijo que en un departamento había objetos apilados que intuye eran cosas robadas en los operativos represivos. Dijo que varias veces tuvo la iniciativa de escaparse, ya que “no hubiese elegido nunca estar con los apropiadores, y mis padres nunca hubiesen elegido separase de mi”.
Paula fue restituida a su familia de sangre en diciembre de 1984, cuando tenía 7 años. “En ese momento me puse a llorar, pedí descansar un poco. Y después me fui a vivir a la casa de Banfield de mis abuelos. Durante 2 años tuve custodia permanente de policía, lo que me hacía pensar si me había apropiado u policía por qué me cuidaba ahora la policía”.
En el relato aparecieron los recuerdos de otras historias paralelas de apropiación desde la Brigada de San justo: los caso de María José Lavalle y Victoria Moyano, a quienes conoció de chica en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo.
La testigo contó que tiene el recuerdo del garaje de ingreso de la Brigada de San Justo y del patio interno, y que si bien no tiene la imagen, guarda la idea de la separación de su madre, como queriendo agarrarse ambas de los brazos.
Al momento de reclamar justicia, Paula definió que “en el Estado hay mucha información y hay acceso a ello. Estaría bueno asumir el compromiso de buscar y trabajar para determinar el destino final de los desaparecidos”. También reflexionó que “el daño se mantiene hasta hoy. Soy madre y hay cosas que me cuestan porque no conozco parte de mi vida. Hay fallas que siguen estando, no sé si se pueden reparar”.
Para terminar la nieta restituida dijo que “Yo agradezco haber recuperado mi identidad. No sé si en este juicio se puedan saber cosas nuevas. Las penas son simbólicas, pero hay responsabilidades que no se pueden negar. Si estamos acá es porque hay cosas pendientes, y eso va mucho más allá de una condena”. El testimonio pareció concluir recién cuando Paula se abrazó con su abuela Elsa en los pasillos del juzgado, ante la mirada de las hijas de Paula. Una familia que luchó y sigue luchando por una justicia que se estira indefinidamente y se parece mucho a la impunidad.
La próxima audiencia será el miércoles 28 de noviembre desde las 10 hs (el miércoles 21 no hay audiencia). Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.